En la boca de la ría, cuando la marea retrocede, tres pequeñas calas se asoman entre dos baterías defensivas
06 ago 2008 . Actualizado a las 11:55 h.Silencio absoluto, encanto paisajístico y aguas cristalinas. Esto es lo que se encontrarán los bañistas que se quieran dar un chapuzón en las coquetas calas de San Cristóbal, la pequeña aldea situada en la bocana de la ría de Ferrol, a pocos metros de la playa de Cariño.
Desde el muelle de Curuxeiras hasta este rincón de la costa distan casi 11 kilómetros, que se recorren en unos 20 minutos. Tras dejar atrás A Graña y San Felipe, hay que coger el desvío que señala el regreso a Ferrol por Cariño y, antes de llegar a esta playa, tomar un camino a la izquierda que guía al fortín de San Cristóbal. Entre esta batería defensiva de la Ilustración y la de San Carlos -situada un poco más cerca de San Felipe-, se asoman a la ría tres pequeñas calas, de las cuales dos desaparecen cuando al mar se le antoja ganar espacio a la tierra firme.
Hasta hace unos diez meses, el turista que visitaba la zona se veía obligado a dejar el coche en San Cristóbal y caminar durante un buen trecho entre plantas de hinojo, zarzas y helechos para alcanzar las tres calas. Este verano la situación es bien distinta, porque la Autoridad Portuaria ha construido una senda peatonal costera, con firme de zahorra y barandillas de madera, a través de la cual se puede ir paseando desde San Felipe hasta San Cristóbal mirado al mar.
Aunque esta nueva ruta ha facilitado muchísimo el acceso a las tres calas, antes de tocar su arena todavía es necesario serpentear por un estrecho sendero lleno de vegetación. Pero ahí reside, precisamente, su encanto. La falta absoluta de servicios -no hay rastro de duchas, ni de bares, ni tampoco transitores escupiendo decibelios- hacen de este pequeño reducto un paraíso idílico para los visitantes más solitarios y para aquéllos que buscan algo de intimidad.
Los únicos incovenientes son las bajadas a las calas, algos complicadas para niños pequeños, y la falta de espacio cuando sube la marea. Pero, aún en ese caso, merece la pena la visita. Porque tal vez entonces no haya demasiada arena para poner la toalla, pero sí enormes rocas de granito para tumbarse al sol. Y también pozas de aguas tranquilas para refrescarse y bucear.
Además, las vistas son espectaculares. Si el día es claro, se puede atisbar el perfil de A Coruña y la Torre de Hércules... Y ya de paso, saludar a los marineros que se adentran en la ría camino de Curuxeiras.