Los puestos ambulantes de comida, bisutería y ropa proliferan en el pinar ortegano hasta superar el medio centenar
13 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Si Morouzos no va al negocio, el negocio va a Morouzos. No es nuevo decir que muchos jóvenes, no todos, se van de festival a Ortigueira y pasan los cuatro días sin asomar la cabeza fuera del pinar ortegano. Porque, a diferencia de hace unos años, los campistas no tienen necesidad alguna de recorrer los dos kilómetros que separan Morouzos del centro de la villa para acumular vituallas. Una arteria comercial atraviesa la zona de acampada con más de medio centenar de puestos ambulantes, escaparates improvisados sobre el suelo y salones chill out.
En este supermercado alternativo, la variedad de productos es infinita y tan pintoresca, en algunos casos, como quienes la comercializan. El buen rollo, la marcha, el baile, el trasnoche desatan en los festivaleros un hambre voraz del que se benefician los puestos que flanquean la pasarela de madera principal. Juan José Iglesias, natural de Santiago aunque vive en Dinamarca, confiesa junto a su amigo que de vez en cuando consume en los puestos de comida. Incluso, confiesa que de haberlo sabido, «no habría traído tanta comida, el pan aquí vale un euro, y es del día».
Sin aditivos
Productos naturales es lo que comercializa Cristian Herrera, gallego de ascendencia chilena. En su puesto, el producto estrella es la ensalada de frutas con yogur y muesli. «También tenemos café de pota, hamburguesas, pinchos morunos, repollo, todo natural...», señala. Cristian estuvo en el festival en los años ochenta, de aquella como festivalero. Decidió volver con su puesto de comida «para ver como había cambiado y porque siempre hay mucha gente», apostilla.
Quiere destacar el buen ambiente que reina en el pinar de Morouzos: «Siempre se habla cuando pasan cosas malas, pero también hay que destacar el buen rollo cuando lo hay».
Gigi, italiana, hace pizzas debajo de un árbol en su horno de chapa recubierto de arena «para conservar el calor». Asegura que cada año la competencia aumenta en la arteria comercial de Morouzos. Sirven pizzas y empanadas a cualquier hora del día, siempre que no llueva. «Una vez que el horno está ya encendido, todo va muy rápido», indica.
En esta fiesta de comida a la carta, en la que todo vale -en uno y otro sentido- hasta es posible comerse una paella. Eso sí, en un platito de plástico y a ras de suelo. Un comensal se relame y asegura que es de las mejores que ha probado nunca.
Los autores del manjar son un grupo de amigos de Madrid, los topos. Son vegetarianos y el dinero que recaudan con la paella lo destinan a financiar la impresión de folletos en defensa de los animales. Entre risas, comentan que sí se nota la crisis y que los festivaleros consumen menos que otros años. «Lo que sí queremos destacar -reclacan- es la limpieza que hay en este festival».
Hay comida de todas partes del mundo, tallarines, cuscús, creps, croquetas, morcilla de Burgos... Lo mismo ocurre con la bebida, caipiriña, carajillo, té y zumos. Hasta una cesta tapada bajo un cartel sobre el que reza «María Magdalena». Que vuele la imaginación.
Si algún festivalero quiere adecuar su indumentaria al ambiente del lugar puede comprarse desde un gorro tipo gnomo hasta un bolso o un vestido. En el pelo es posible hacerse trenzas o rastas, y sobre el cuerpo tatuarse símbolos celtas. El resultado se puede plasmar en una fotografía que luego queda estampada en una chapa. Virguerías. Del folk, ni rastro.