Tras las huellas de Ulpiano

FERROL

| JOSÉ PARDO
| JOSÉ PARDO

No comparten aficiones ni tienen el mismo carácter, pero padre e hijo sí coinciden en una cosa; los dos están empeñados en hacer triunfar la justicia

20 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

En el despacho de Jesús Seoane, entre muchos cuadros y algunas fotos, llama la atención un retrato de su padre, que ocupa un lugar preferente en la pared. Jesús parece tímido, casi hay que arrancarle las palabras de la boca -todo lo contrario que José, que enseguida entabla conversación-, pero con los gestos lo dice todo. La admiración por su padre está ahí. Y no hace falta una retahíla de halagos para hacerlo constar.

Padre e hijo proceden de mundos diferentes. José Seoane se crió en el seno de una familia humilde. El veterano abogado cuenta que sus padres tenían un comercio de paquetería en la calle Magdalena, y que, aún a día de hoy, se pregunta cómo fueron capaces de darles una carrera a a él y a su hermano. «Bueno, en realidad sí sé cómo lo hicieron: con mucho trabajo y esfuerzo. Eran dos personas muy valientes, a ellos les debo mucho», dice el letrado con orgullo.

José explica que decidió hacer Derecho en Santiago porque siempre le gustaron «las letras». Jesús, en cambio, no conoció las penurias de la posguerra y, ya desde muy niño, se acostumbró a escuchar hablar de pleitos, sentencias y jueces. Su padre tenía el despacho en casa, en el número 65 de la calle Real, justo enfrente del bufete que ahora dirige Jesús y en el que, a sus 74 años, sigue trabajando José. ¿Seguirá él al mando en la sombra? «¡Qué va! Pero si yo aquí no pinto nada. Si acaso voy a por los cafés...», dice el padre entre risas.

Su forma de ser también es diferente. Jesús se muestra «pausado», las mata a la chita callando, mientras que a José, más hablador, las palabras se le agolpan en la boca. Y en aficiones tampoco coinciden demasiado. Aunque comparten su amor por la música, donde realmente se encuentra como pez en el agua Jesús es en su barco de vela. José prefiere los libros y asegura que es un lector «compulsivo y desordenado».

Sin embargo, a pesar de sus diferencias, padre e hijo sí coinciden en algo. Los dos aman su oficio, aunque reconocen que a veces puede resultar muy duro, porque «exige muchísimas horas de trabajo», advierte Jesús. Pero incluso en ese escenario común se pueden encontrar divergencias. Mientras el padre confiesa que tiene «sacralizada la justicia», el hijo, más realista y pragmático, reconoce que a veces la diosa de la balanza se puede equivocar. «Al fin y al cabo la justicia es lo que dictan los jueces y éstos, como seres humanos que son, pueden tener sus fallos», apunta Jesús.

Los dos, eso sí, están de acuerdo en que el orden jurídico tiene que ir más allá de las leyes. Y también en lo que hay que hacer para conseguir que la justicia deje de caminar a paso de tortuga. «En Ferrol, sin ninguna duda, hacen falta más jueces y más funcionarios», advierte el hijo.

Para José, todo sería más fácil si se cumpliesen los tres preceptos del derecho romano: «Suum cuique tribuere», «neminem laedere» y «honeste vivere». Es decir, da a cada uno lo suyo; no hagas mal a nadie; y vive honestamente. José pronuncia en alto las palabras de Ulpiano y, poco después, con una sonrisa, asegura que tanto a él como a su mujer lo que más les enorgullece de Jesús, como de sus otros hijos -Pablo y José Antonio-, es su honradez. «Hemos criado a tres personas honestas y eso es lo más importante».