La rehabilitación de la emblemática construcción del Arsenal marca el camino para revivir el legado de la Ilustración
13 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.No sería correcto afirmar que el de las antiguas Herrerías de la Armada era un edificio desconocido, puesto que estaba a la vista de cuantos quisieran contemplarlo. Así que como decía don Gonzalo Torrente Ballester, «vamos a no exagerar». Pero lo cierto es que nadie recordaba ya cómo era realmente el monumental inmueble alzado en el XVIII para fabricar en su interior desde gigantescas anclas hasta minúsculas piezas de sextante. Porque el paso del tiempo no había sido generoso con ese tesoro de piedra, en el que se había colocado un piso más sobre lo que originalmente había sido su cubierta, en el que ya no se veían ni las fraguas y en el que hasta los más espectaculares arcos permanecían ocultos, mientras las columnas se usaban como tristes puntos de apoyo para los tabiques colocados de la forma más arbitraria.
Cuando en el año 1995 se comenzó a estudiar su restauración, el que sería director tanto del proyecto como de las obras, Salvador Font, pidió que se le facilitasen, si todavía existían, los planos originales. Y por suerte existían, aún. Firmados personalmente por el monarca. Fue a ese documento, en todos los sentidos impagable, al que Font se ciñó a cada paso. Así fueron saliendo a la luz los pozos, todo un prodigio de la hidráulica, que suministraban agua dulce al complejo a pesar de estar sobre terrenos que el mar cubría durante la marea alta. También los secretos habitáculos ocultos en los muros. Y por supuesto las fraguas, verdadera razón de ser de un edificio que es, en todos los sentidos, extraordinario.