El gimnasio al aire libre de Caranza ha tenido un éxito enorme; a ciertas horas hay «overbooking» en los aparatos
09 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Viernes, 7 de abril. Parque de la ermita de Caranza. A las diez en punto de la mañana, con el mar como un plato y el cielo limpio de nubes, se respira tranquilidad. El circuito biosaludable situado junto al merendero -una suerte de gimnasio al aire libre compuesto por doce aparatos para hacer diferentes ejercios- está completamente vacío. Pero en menos que canta un gallo cambia la situación. Y pasados cuarenta minutos todas las máquinas del circuito están ya ocupadas.
Las primeras en llegar son Fina Cortizas y María Jesús Piñeiro, dos amigas y vecinas de Narón que rondan los 50 años y que, desde hace ya más de cinco, salen juntas a caminar cada mañana. A las nueve y media parten del puente de Las Cabras y atraviesan el polígono de A Gándara para llegar a Caranza, donde se recorren todo el paseo marítimo. «Antes hacíamos un descanso en el espigón, pero desde que hay estos aparatos nos quedamos aquí y los utilizamos», cuenta María Jesús. «La verdad es que a nosotras nos ha venido muy bien, porque antes solo caminábamos y ahora podemos hacer ejercicios para fortalecer las piernas y los brazos», dice Fina sentada sobre uno de los aparatos.
María Jesús explica que cada día intenta pasar por todas las máquinas del circuito -en total, son doce-, pero confiesa que hay una que se le resiste. «Para mí, la más difícil es ésa», dice señalando con el dedo la máquina bautizada con el nombre de Pectorales . Allí se encuentra José Luis, un vecino del barrio de Caranza, que se apresura a contradecir a María Jesús. «No es que haya que tener mucha fuerza para utilizarlo, lo que ocurre es que hay que cogerle el tranquillo», dice mientras, sentado, logra juntar dos barras con sus antebrazos.
Suelo embarrado
A dos pasos de José Luis, ejercitando la cintura en un aparato del mismo nombre, se encuentran Jesús Rey Sánchez y su esposa, María Jesús. Los dos, vestidos de chandal y muy entregados a la faena, aseguran que están «encantados» con el nuevo parque. Pero aprovechan la oportunidad para manifestar una pequeña queja: «Pon en el periódico que debajo de los aparatos deberían poner un suelo de caucho, como el de los parques de los niños, porque al llover se embarra todo y es muy peligroso porque la gente se puede resbalar y caer al suelo y aquí vienen muchas personas mayores», advierte Jesús.
Otra dos amigas, que rozan ya los sesenta, se parten de risa probando las máquinas. «No, si al final vamos a sacar tipín», le dice una a la otra con una sonrisa. Y es que en el parque hay aparatos para todos los gustos: desde el Poni , que sirve para aumentar la movilidad de las extremidades, hasta el Surf , que refuerza la musculutura de la cintura, pasando por el Timón , los Patines o el Masaje (que da masajes, sí).
El circuito ha tenido tanto éxito que, según cuentan los que lo frecuentan, hay veces que «hasta hay que hacer cola para utilizar los aparatos».
Ante de poner fin a la visita, toca parada con Loli, Luisa y María, tres amigas fieles a su paseo matutino por el paseo de Caranza. Las tres alaban el parque. Y, salvo algún que otro detalle, no encuentran «peros». «Sólo nos falta que el Concello nos ponga un monitor», dice una irónicamente. «Sí, ya... ¡Y que nos vengan a abanicar!», responde otra estallando en risas.