«Jamás he sido uno de esos hombres que se derrumban fácilmente»

FERROL

Tras largos años muy repletos de navegaciones, de lecturas y de recuerdos, ahora en A Graña pasa las horas pintando, conversando con los amigos y escribiendo

19 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Hay una literatura, la que en mayor o menor medida está en el origen de todos los géneros -por tanto, la primigenia-, que por desgracia parece no tener otro destino que deshacerse en el aire, que dejarse llevar por el viento. Es, naturalmente, la de las palabras que no se escriben, la de que aquello que se cuenta en voz alta prescindiendo de la tinta y de los papeles. Una literatura que es aún más efímera, si cabe, que las letras escritas en la arena. Y que a pesar de que prescinde, ya se ha dicho, de la escritura, porque la voz es el camino por el que se mueve, son muchos los escritores que la cultivaron con empeño: Carlos Casares y Cunqueiro fueron, en ese arte -en el de contar en voz alta, ya se entiende; y también en el de conversar, naturalmente-, dos auténticos maestros. Como hoy lo es Basilio Losada. Y como lo es también Miguel Fernández y Fernández, por supuesto. Eso es así, ciertamente. A día de hoy, salvando el ejemplo de Basilio Losada que ya quedó apuntado anteriormente, será difícil encontrar otro maestro del arte de contar de viva voz -de la narración oral , ya saben: los exquisitos también le llaman así a eso...- tan brillante como Miguel Fernández. Escucharlo es una delicia, lo ha sido siempre. Y la transcripción de sus palabras dificilmente podrá hacerle justicia. Esa es la realidad, ya se lo advierto. Aunque lo intentaremos, sí, desde luego...

Recuerda el almirante que nació en el año 1940, recién terminada la guerra, en Vigo. Pero no en un lugar de la ciudad cualquiera, sino «en el barrio del Arenal, que es donde Vigo nació; en la parte que era la más noble aunque entonces fuese también la más pobre de todas -subraya Miguel-, porque allí cavaban y aparecían tumbas romanas, del siglo II, bajo el suelo». Su padre, de familia siempre unida al mar, tenía un secadero de bacalao. Lo definió muy bien el almirante, el día que ingresó como cadete en la Escuela Naval, cuando el director del centro le preguntó si era hijo, o por lo menos algo pariente («¡Ah, ya! ¿Entonces usted vendrá siendo de los Fernández de...?») de una familia que él conocía de toda la vida . De gentes -como es obvio, del mismo apellido, aunque sin lazo alguno con aquel cadete- muy vinculadas a Ferrol y a las cosas de la Marina de Guerra. «¡No, mi comandante, mi padre es industrial de la plaza de Vigo!», replicó Miguel, aquel día, en voz bien alta, para que lo oyesen.

El recuerdo de los barcos

«He disfrutado mucho con el mar», subraya el almirante, que sonríe diciendo que él tiene la suerte de ser de «los pocos marinos que no se marean» a bordo, cuando los océanos se mueven más que de costumbre y los barcos bailan con ellos. Los mares han estado presentes siempre en su vida. Primero, porque la casa en la que él nació «tenía entonces el mar a 50 metros». Y a continuación, mucho antes de dedicarse a navegar profesionalmente, por sus lecturas de la primera juventud, de páginas siempre repletas de aventuras impresas: Conrad, Stevenson...

Tuvo en la Armada, también, destinos en tierra, claro. Fue agregado naval de las embajadas de España en Washington y Berlín. Y ya como almirante, en el cénit de su carrera profesional, en Lisboa, en el Mando Aliado de la OTAN. Habla con absoluta fluidez inglés, francés, portugués y, ahora ya con alguna dificultad más, alemán, una lengua que dice que estar «perdiendo para la conversación», aunque no para la lectura. Guarda un gran recuerdo de todos aquellos años. Así dice, por ejemplo, que cuando residió en los Estados Unidos, aquel era «un hermoso país para vivir, en el que llegaba con la palabra para firmar un contrato; ahora todo ha cambiado allí, es un país en manos de los abogados, pero con todo sigue siendo un lugar lleno de oportunidades». De los alemanes, cuya tierra también lo entusiasma, anota que, igual que «nosotros admiramos su capacidad para organizarse», ellos «admiran a los españoles por nuestra capacidad para solucionar las cosas muy rápido... a nuestra manera». De Lisboa se le ve en los ojos que en su memoria sigue llena de magias.

Orgulloso de sus hijos

Padre de tres hijos, de los que se siente especialmente orgulloso, remarca que entre los pilares de la educación está la importancia de entender que «las cosas se consiguen con esfuerzo». Ahora, a la hora de hacer balance, cree que desde que dio el primer paso en la vida, no ha perdido el tiempo. Y atravesó -también él, claro, ¿quién no?- por momentos muy difíciles, sí... pero jamás se queja. «No, yo jamás he sido uno de esos hombres que se derrumban fácilmente», dice el almirante, con la ría de Ferrol al fondo, que es la tierra entrando en el mar y el mar entrando en la tierra. «¿La lealtad, preguntas? Sí, siempre he sido leal. Con las instituciones y con las personas. Y leal también con la gente que no lo fue conmigo, cómo no iba a serlo. Por supuesto».