En el cubil de la tuneladora

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JOSÉ PARDO

En directo | El subterráneo entre A Malata y cabo Prioriño Tras dos años de trabajo sólo se ha completado la mitad de los siete kilómetros de excavación; los obreros hacen turnos de doce horas a 50 metros de profundidad rodeados de humedad y calor

13 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

?a guarida de la tuneladora es un túnel de 3,7 metros de diámetro que en dos años ha alcanzado la mitad de los siete kilómetros que medirá finalmente. Lo excava un equipo formado por la máquina y 54 operarios de Acciona. Ángel Aranda es uno de ellos. El de Prioriño es, desde hace seis meses, el tercer túnel que construye. Aranda, siempre sonriente, con una corta barba castaña y algo de ojeras, accede a hacer de guía. En la entrada de la gruta hay una pequeña imagen con velas y flores de la virgen. Tiene una hermana gemela a 50 metros de profundidad, pero llegarán a estar separadas por más de cien metros de roca en los próximos meses. Un tren desconchado, con el suelo lleno de barro y tablas cubriendo los asientos de hierro lleva a los obreros hasta la tuneladora. Tarda unos quince minutos en recorrer los 3,5 kilómetros de excavación. Un cuarto de hora de sacudidas, luces naranjas y el ruido del metal contra el metal. Increíblemente, Aranda se relaja, se pone tapones para los oídos y cierra los ojos. Para los novatos es más duro, parece imposible no pensar en bajarse en marcha. Autoridades bajo tierra El túnel es perfectamente circular y sus paredes están pulidas. Las adornan tuberías y marcas kilométricas escritas con espray fosforescente, que se repiten cada veinte metros: «P.?K. 1+60, P.?K. 1+80...». Cuando el tren para, Jorge Marquínez, la delegada del gobierno, Obdulia Taboadela, sus acompañantes y el jefe de la obra, Miguel del Río, comienzan a caminar hacia la cabeza de la máquina por una pasarela de 30 centímetros de ancho pegada a la pared. Por el centro del túnel, una cinta transportadora amontona en contenedores la roca triturada por el artilugio. El ruido es fortísimo y la luz muy escasa, hace calor y la humedad recuerda al trópico. El agua está por todas partes y en algunas zonas llueve barro de las estructuras metálicas. Abundan los tramos forrados en metal, que sostienen la roca blanda para evitar derrumbes. Aquí se estropeó la tuneladora. Puede triturar el granito, pero no es capaz de masticar materiales demasiado viscosos. Entre la cabina del piloto, que gobierna la máquina con ayuda de un pequeño televisor, y la sala de mando del aparato, se puede ver a la izquierda el túnel lateral que los obreros construyeron a mano para reparar el artilugio. No pudieron darle marcha atrás porque la tuneladora no es capaz. Sólo puede salir hacia delante, excavando más y más. A un ritmo medio de 12 metros por día, aunque en las buenas jornadas «hemos hecho hasta 20 metros», calcula Miguel del Río. Funciona como un sacacorchos muy ruidoso. Se ancla a las paredes y proyecta hasta un metro y medio su cabeza trituradora contra la montaña. Luego se repliega y vuelve a empezar. Así 24 horas al día y siete días a la semana. Los obreros trabajan en turnos de 12 horas, siete diurnos seguidos, descansan tres, trabajan otras siete jornadas nocturnas y descansan cuatro. Abajo no se come, sólo se excava y se alarga la línea férrea. «Hay que valer para dedicarse a esto», dice Miguel del Río. Aranda asiente mientras el barro gotea sobre su casco.