«No sabemos hacer otra cosa, ¿dónde nos metemos ahora?»

La Voz

FERROL

Entrevista | Dolores López

03 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

?os tercios de su vida, 30 años de 45. Todo ese tiempo lleva Dolores López trabajando para Unicén. Como presidenta del comité de empresa, fue la primera empleada en saber la que se le venía encima a toda la plantilla. -Sitúese en este lunes, a las once de la mañana. Los convoca la dirección de la empresa a una reunión y les dice: «Esto se acabó, todos a la calle». ¿Qué le pasó por la cabeza en ese instante? -Como la mayoría en mi situación, pensé que llevaba 30 años de mi vida ahí metida y que, de repente, me había quedado sin sueldo, en la calle. Que, con la edad que tenemos, ¿adónde vamos ahora? Que hay gente que depende exclusivamente de este salario para comer, ¡puñetas! Y que no hay derecho a que haya trabajadores de primera y de segunda, porque los de Bazán se fueron a casa prejubilados, con todo el sueldo, y nosotros nos vamos sin nada. A ellos, por decirlo de alguna manera, se les prestó socorro político, porque eran muchos, mientras que a nosotros nos dejan tirados, porque somos poquitos, la mayoría mujeres y no hacemos ruido. -Desde finales de junio no cobran de la empresa y, probablemente, hasta septiembre u octubre no lo hagan del Inem. Habrá gente que lo vaya a pasar realmente mal, ¿no? -Evidentemente. Dios mío, sólo de pensar en ellos... -Especialmente preocupante parece el caso de las mujeres mayores de 45 años sin experiencia en otro sector, que son más de 50. -Seamos realistas: hay un grupo de gente con preparación muy limitada, que no sabemos hacer otra cosa que confeccionar. ¿Me puede alguien explicar adónde vamos? Es que no tenemos otro oficio que éste, es nuestra profesión. Es como si a un albañil le dices: «Oye, a partir de ahora, las casas se van a hacer todas de cristal, búsquese la vida». ¿Qué hace? Pues la gente que trabajamos en el taller de Unicén, que somos la mayoría, estamos en las mismas, no sabemos hacer otra cosa. ¿Dónde nos metemos ahora? -Con la empresa, desaparece parte de las vidas de muchos trabajadores... -Claro. Yo, personalmente, llevo en Unicén desde que tenía 15 años. Acabé el bachillerato elemental y allí me metí, en 1975. Y como yo, muchísimas compañeras. Imagínese lo que es eso. -Recorra toda esa trayectoria de tres décadas. ¿Con qué imagen se queda? -(Tras suspirar) Salvo este final, son todo buenos recuerdos; prefiero quedarme con ellos. En el sector textil, sin contar los tallercitos, que ya son la última carta de la baraja, casi todas las empresas tratan a sus empleados mal, casi como negreros. Aquí no, ése no era nuestro caso. -La cosa pinta mal. ¿Ve luz al final del túnel, alberga algún tipo de esperanza? -Me parece que nuestra única esperanza es a nivel político. A nivel empresarial, ¿quién va a comprar Unicén, con esta deuda? Ojalá me equivoque, pero, si alguien lo hiciera, sería como si nos tocase la lotería.