EN EL BALUARTE | O |

25 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SE LLAMA María Isabel Rivera Torres y nació en Ferrol un feliz día de 1952. Hace más de veinte años que trabaja sobre los escenarios, tejiendo con su voz y sus gestos vidas imaginarias, las de los personajes que le regalan las obras de teatro. Su rostro dejó de ser anónimo gracias a Balbina Santos, esa santiña de esposa y madre a la que trae loca su Miriño, el tabernero de Platos Combinados . Pero esa fama sólo llegaba hasta donde alcanza la TVG. Sin embargo, todo cambió cuando el ojo mágico de Alejandro Amenábar se fijó en ella. Y como por arte de birlibirloque, Mabel se transformó en Manuela, la cuñada entregada y sacrificada de Ramón Sampedro en Mar Adentro . Una mujer híbrido de lo real y lo ficticio que en la pantalla hace llorar a mares cuando se despide de su Sampedro-Bardem y que emociona hasta lo más hondo cuando defiende el cariño que le profesa ante un cura contrario a la eutanasia. Y fue así como Manuela le abrió la puerta a Mabel: su teléfono empezó a sonar sin parar, las televisiones nacionales comenzaron a llamarla y hasta tuvo la oportunidad de cruzarse con Tim Robbins y Tarantino en la alfombra roja de Venecia. Entonces, muchos comenzaron a preguntarle de dónde había salido ese pedazo de talento, sin sospechar que siempre estuvo ahí. «Os actores galegos só necesitamos máis confianza», acertó a decir la actriz. Por eso la ferrolana cree tanto en la Escuela de Teatro de Narón, en el talento que puede palpitar ahora entre sus paredes, en lo que pueda salir de sus aulas en un futuro. Ayer estuvo allí para alentar a sus jóvenes promesas y convencerles de que las quimeras también pueden convertirse en realidad. Sólo hace falta creérselas, un poco de suerte... y tener confianza.