Análisis | Ante la Unesco Las particulares características del Ferrol del siglo XVIII, que no terminan donde acaban su ingeniería y su arquitectura, avalan la candidatura a patrimonio de la humanidad
08 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?ería una inconsciencia afirmar que el camino está andado, sobre todo cuando España acumula candidaturas a patrimonio de la humanidad, pero también es cierto que la de Ferrol no es una propuesta cualquiera. Y aunque la «sobreabundancia» de monumentos, a ambos lados del atlántico, lleven a la Unesco a revisar sus criterios, no es gratuíto decir que la ciudad reúne las condiciones para recibir la distinción que ya se le otorgó -por poner un ejemplo- a la muralla de Lugo. Pero es posible que éste sea el momento ya de empezar a pensar que una candidatura firme no puede estar avalada sólo por el peso de las piedras; que quizás convendría ir prestando más atención, también, a quienes las labraron, y a por qué lo hicieron. E incluso así habrá quien diga que con eso no basta. Y quizás tengan razón, cómo que no. Pero si es así -si no basta- tampoco hay razón para desilusionarse, porque la propuesta de Ferrol, aun teniendo como eje vertebrador el sistema defensivo de la ría, también incluye un medio físico, un paisaje, que resultó determinante a la hora de decidir la construcción de una base naval nacida -perdón por la licencia- casi de la nada, y junto a la base naval la población civil. Pero es que tampoco acaba ahí lo que Ferrol puede aportar al patrimonio del mundo, lo que debe ser conservado para toda la humanidad. Ferrol es, en verdad, como una ciudad de las Luces -recuérdese que, como sostiene Xosé Ramón Barreiro, en Galicia «a fe e a razón camiñaron da man»- en la que hoy, por fin, comienza a hablarse del «patrimonio inmaterial». Una cultura no es sólo hierro y piedra: también lo son las palabras, y las personas que las dijeron, y los pensamientos que con ellas se expresaron, y los ritos, y las ideas... (Una cultura es una forma de estar en el mundo, un ansia de perdurar.)