OPINIÓN | O |
16 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.A ESTAS ALTURAS, iniciando un siglo XXI que parece anunciar ser tan convulso o más que el tan recientemente abandonado, todas las iniciativas cuyo objetivo radique en la divulgación y fomento del conocimiento de las obras artísticas son acogidas con regocijo y satisfacción por aquellos que amamos el arte; aquellos que pensamos que en los discursos artísticos, sea cual sea su expresión formal y material, se encuentra lo mejor de la naturaleza humana; aquellos que creemos que el arte constituye un vehículo perfecto e insustituible para mejorar el mundo en el que vivimos, para conocernos y, por ello, entendernos más y mejor. Pero si además la iniciativa se concreta en la divulgación de la obra de un autor al que admiramos especialmente, con el que tanto hemos aprendido y gozado, la satisfacción es todavía mayor y alcanza el nivel del agradecimiento. Así quiero saludar esta propuesta de La Voz que ofrecerá a sus lectores de la comarca ferrolana la posibilidad de adquirir, por un precio simbólico, dieciséis novelas del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester. Parece lógico que sean los paisanos de Torrente los primeros en disponer de este privilegio, al fin y al cabo su ilustre vecino no sólo nació allí, en el valle de Serantes, sino que además, y esto es lo realmente importante, «allí se configuró mi imago mundi». Porque a Gonzalo Torrente no sólo lo educaron sus padres y sus mayores, otras potencias más altas intervinieron en el proceso: deidades principales y duendes familiares, y ninfas, y sirenas, y pajaros y grillos. En las tardes brumosas o soleadas de ocio se ha movido a su antojo por la aldea. Se ha quedado asombrado ante la grandeza del monte, y silencioso ante el encanto sugerente del agua esa que, apenas un rumor, se desliza por el río; la que se estanca y remansa allí, donde Gonzalito recoge, en una diminuta botella, renacuajos; la misma que en los atardeceres parece rebelarse contra todos, con incesante rugir, cuando pasa a través del molino; la misma que allá abajo se amarga y se extiende por la ría ferrolana acariciando barcos de hombres de uniforme y redes de pescadores curtidos. Los lugares Paisaje ferrolano, costumbres y preceptos de una ciudad departamental, usos y modos mágicos de las aldeas próximas: espacio híbrido a caballo entre dos mundos simultáneos y antitéticos. Ese fue el paisaje emocional que conformó su imaginario, su urdimbre afectiva, su naturaleza de infatigable observador, su condición de metamorfoseador de lo real. El resultado es su extensa y heterogénea obra, diversa en géneros y en estilos, diversa también en objetivos y propósitos, pero recorrida en su totalidad por una unidad medular que procede de la sutil percepción de lo maravilloso en lo real, sumado a un profundo conocimiento de la tradición literaria. Y todo ello fue posible gracias a la sensibilidad que le había proporcionado el mundo en el que se formó, actuando como caldo de cultivo imprescindible para una personalidad en la que caló hondo y se asimiló la fértil simbiosis entre experiencia vital y tradición literaria, dando como fruto una manifestación nueva, original, o enriquecida por su pluma. Si el artista, como decía Goethe, es la supervivencia del niño en el hombre, a esa supervivencia debemos la obra de este ferrolano cuya trayectoria podrán sus paisanos conocer, semana a semana, gracias a una feliz iniciativa, disfrutando con sus espléndidas historias y la incuestionable calidad de su quehacer artístico.