Un laberinto en medio de Narón

Eva Díaz FERROL

FERROL

CÉSAR TOIMIL

Reportaje | Los problemas de un barrio Las históricas Viviendas del Obispo mantienen las calles ciegas, sin salida, de hace cuarenta años; tampoco hay una plaza por la que puedan pasear los vecinos

28 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

?n los primeros años sesenta, el obispo Jacinto Argaya promovió dos obras esenciales: el instituto de Canido, hoy perteneciente a la Xunta, y un grupo de bloques de pisos situado en A Gándara, que la sabiduría y el agradecimiento popular bautizaron como Viviendas del Obispo. Es éste un barrio singular, por su historia, por la total ausencia de criterio urbanístico de sus calles y por cómo han disfrutado la vida los vecinos, pese a los inconvenientes. La historia empieza en 1959, cuando la Iglesia decidió que la diócesis de Mondoñedo compartiera capitalidad con Ferrol. Eran los tiempos del obispo Argaya -que tiene una calle dedicada en Narón, muy cerca de sus viviendas-, un prelado que quiso proporcionar un techo, si no a todos los que no lo tenían, al menos a unos cuantos. Recuerdos Eduardo, un hombre ya mayor que vive en el barrio desde que se construyó, recuerda cómo se adjudicaron las viviendas: «Había que ter moitas recomendacións para que che deran unha». Y lo de dar era un decir. Las vendían, aunque los inquilinos pagaban cómodas cuotas que con el tiempo se han quedado en meramente simbólicas: unos 360 euros al mes. Ramón Otero, el ecónomo de la diócesis, explica que en la actualidad, sólo diez o doce familias siguen pagando, el resto liquidaron su deuda hace tiempo. Algunos, incluso han vendido y se marcharon a vivir a otros lugares. Si las Viviendas del Obispo fueron un paliativo en una sociedad menos próspera que la actual, lo que no suponen es un ejemplo de urbanismo. De todas las calles del barrio, sólo una sirve para entrar y salir en él. El resto, son fondos de saco, viales sin salida. Vehículos y personas caminan hasta el final y han de dar la vuelta, porque se tropiezan aquí con una tapia, allí con un descampado. El concejal de Urbanismo de Narón, José Blanco, asegura que el proyecto de dar salida a esas calles ciegas no se ejecutará de inmediato. Tampoco hay plaza central en las Viviendas del Obispo. Son una sucesión de manzanas y sólo en un extremo se encuentra un pequeño parque infantil, acondicionado hace unos años. Pero en el barrio apenas hay niños. Abundan, eso sí, las personas de edad avanzada. Como Eduardo, un agricultor de Moeche que se vino a vivir a Narón cuando vio que el campo no le daba para vivir a él y a su familia. Con el tiempo, entró a trabajar en la industria naval. En los sesenta, compró un piso en el barrio, el mismo en el que hoy envejece junto a su esposa. Como Eduardo, otros muchos inquilinos llegaron de pueblos y aldeas de la comarca para trabajar en un Ferrol entonces floreciente. Ésa fue, también, la historia de Elena, que ya enviudó. Su hija, casada, vive en una urbanización cercana, pero ella sigue en su piso, custodiando sus recuerdos, disfrutando de su barrio singular.