PAISANAJE | O |
13 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.HACE DOCE meses, por teléfono, resultaba difícil explicar a mis padres -cuatrocientos kilómetros mar adentro- el alcance económico, ecológico, social e incluso sentimental que había provocado un vetusto petrolero llamado Prestige -«prestigio», les traduje a ellos- con un tal Mangouras, de nombre Apostolos -apóstol, como Santiago, les explicaba, con otra barca de piedra- al frente. Una tragedia, sí, como si de repente un diluvio universal anegara por completo las huertas y campos de León y de la tierra no hubiera forma de sacar producto alguno. Así fueron captando matices y detalles y desgracias pegadas al mar. Las imágenes de algunas televisiones hicieron el resto para componer su propio puzzle. Fue aquel noviembre, ¿recuerdan?, triste, deprimente, primero gris cielo encapotado y luego negro petróleo, el mismo por el que se mataron en Irak. Luego llegó el verano. Mis padres no vinieron a Galicia. Prefirieron el País Vasco, donde acabaron con los pies descalzos con una plantilla de chapapote -una palabra, por cierto, que aprendieron con e l Prestige - gracias al solidario reparto gubernamental del fuel que este semana se encargó de recordar algún conselleiro. Gracias. Un año después, mis padres siguen con sus mismos problemas y las alegrías se las dan lo mismo y los mismos. 365 días de dignidad han pasado ellos, de interior. La misma dignidad veo en sus rostros que en las de los esforzados trabajadores de Arousa que llevaron el chapapote con sus manos. Otros que denunciaron o se escondieron ni se mancharon las uñas. A aquellos primeros, a los héroes del 13-N, gracias sentidas. Los segundos, de verdad, nunca máis.