Una mujer en la trinchera

Francisco Varela FERROL

FERROL

BENITO ORDÓÑEZ

Perfil | Maribel Permuy, madre de José Couso La muerte de su hijo la ha alejado de la coral ferrolana de Madrid y ha convertido a una joven abuela de orígenes conservadores en una activista militante contra la guerra

18 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

?a fecha del 8 de abril, cuando un proyectil de tanque acabó con la vida de José Couso en Irak, desplazado como cámara de Tele 5 a Bagdad, fue un shock para Maribel Permuy, una ferrolana residente en Madrid que comenzaba a ejercer de abuela joven. Su vida social se desarrollaba en ambientes conservadores de la capital, grupos de amigos ferrolanos y en la coral o rondalla ferrolanista de Madrid. Ahora, ni puede cantar. No le sale. Interpretar aquellas melodías que tanto le gustaban a ella, que formó parte del conjunto Los Platinos a finales de los 60. Era ya una muchacha que rompía los moldes en una clase media bien reflejada en La boda de Chon Recalde , de Torrente. Una de los diez hijos del jefe de Carenas de Bazán que siguió la tradición y se casó con un oficial de la Armada. En Madrid siempre hizo patria por Ferrol y siguió la pauta de la pequeña burguesía de entonces: matrimonio joven y muchos niños: cinco. José era el segundo y este mes cumpliría años. A Maribel le esperaba la época de abuela feliz, con todos sus hijos colocados, salvo Bárbara que es la única que queda en casa. Todo este mundo de chica moderna mayor, sin salirse de las pautas conservadoras, se le ha venido abajo. La noticia de que un juez de la Audiencia Nacional había accedido a iniciar diligencias por la muerte de José Couso, le pilló fuera de la capital. Lejos, porque desde abril no ha parado: en lugar de utilizar el micrófono para cantar lo usa para lanzar duras arengas para decir con claridad: «Sólo pedimos que se investigue la muerte de José Couso». Aunque a veces deja de llamarle Couso para hacer llegar a quien le escucha: «Voy a luchar porque se haga justicia con mi hijo». Sabe que puede ser una lucha larga. Pero también está convencida de que a las madres de la Plaza de Mayo las llamaban locas y al final consiguieron sacar a relucir la verdad sobre el crimen cometido con sus hijos. Sabe también que nunca podrá reponerse del golpe, porque la muerte de un hijo invierte el proceso biológico natural. Tanto se le han roto los esquemas que hasta ve a Israel de otra manera. «Cuando estudiaba en Cristo Rey admiraba a los judíos, pero ahora comienzo a preguntarme si tienen derecho a hacer lo que hacen con los palestinos». O el conflicto de Irak. «Pero qué hacemos en Irak, quiénes son los EE.UU. para entrar a saco por el maldito petróleo...». Y habla con orgullo de su hijo, que murió filmando el tanque que le disparaba. Como aquel otro cámara sueco que captó al soldado que, en el golpe de Pinochet, lo mató. «Ahora me dicen que José ya sabía a lo que se exponía», dice Maribel descreída de muchos que decían ser sus amigos. Sigue siendo creyente, pero ha decidido pasar a la acción, en lugar de callar y rezar. La dureza de lo que le ha ocurrido no empaña su madurez joven. Mira con dulzura a sus nietos, Pepe, de seis años, y Jaime, de tres, hijos de José, y habla con admiración de su nuera. José Couso estaría también orgulloso de ellas, sus mujeres.