TRIBUNA | O |
20 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.UNA TARDE soleada que anuncia un cálido verano, fui en el coche a buscar a mis nietas a un parque de Caranza, cerca de la iglesia de Santa María. Lo hice por el polígono de la Gándara, para enlazar con el paseo marítimo que alguien bautizó como avenida del colesterol. Al llegar al mencionado paseo, comprobé que estaban colocando sobre la calzada bandas disuasorias. En principio, tengo que confesar que no me gustó. Pero, después de recapacitar unos segundos, tuve que reconocer que a quienes tomaron la decisión no les quedaba otro remedio, y los únicos culpables somos los conductores, nuestra falta de responsabilidad. Pero lo grave es que donde más se necesitan, como es el caso del vial que viene del polígono y cruza en dirección A Coruña, el carril de entrada al mismo, donde la velocidad está limitada a treinta quilómetros hora, y se circula a setenta o más, no se colocaron. Para que nada faltase, cuando venía de vuelta por la avenida de Castelao, unos metros antes de llegar a un paso de cebra, observé a una joven que caminaba por la acera en dirección contraria con el móvil pegado al oído e, instintivamente, reduje la velocidad. No me equivoqué. Al llegar al paso de peatones, giró bruscamente y cruzó la calzada sin mirar. Mi conclusión fue sencilla ¡No se nos puede dejar solos! Ya en casa, recordé que en lugar de reparar los baches, tan solo se vertió un poco de alquitrán. Que un vehículo para el que no se necesita carné casi choca conmigo. Pensé: ¿Quién se esconde tras esta operación mercantilista que roza la barbarie? En este caso, se esta empleando la teoría de la guerra: El que no vale para matar, vale para que lo maten, y eso no es justo. Seguridad vial, sí. Leyes, también. Pero, para todos igual.