DE VIAJE | O |

10 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

A VECES, esto de las negociaciones post electorales parece la feria del ganado. Los políticos mercadean con votos y áreas de gobierno como quien regatea en un tenderete de alpargatas al por mayor. Salvo honrosas excepciones, la mayoría se pasan los presupuestos éticos por el arco del triunfo y se aferran a la premisa máxima de todo buen comprador de rebajas: sacar más tajada a cambio de lo menos posible. Tan escépticos nos hemos vuelto -con razón- sobre los intereses creados en la constitución de instituciones que, al asistir a capítulos inesperados como el de ayer en la Asamblea madrileña, antes que una idea tipo «eso es tener convicciones» surge inevitablemente una sospecha tipo «aquí hay alguien que está untado». Pero, volviendo a casa, el sarao político actual tiene dimensiones considerables: faltan apenas cien horas para que los políticos sinteticen en los concellos la voluntad popular, y ocho municipios de la comarca dependen de coaliciones para determinar sus gobiernos locales. Y lo peor, más que el tira y afloja correspondiente -en plan «si no me das obras, no juego»-, es el secretismo con el que la mayoría llevan estas conversaciones. Aferrados a ese nefasto argumento que es «la disciplina de partido», se lo tienen todo más callado que Florentino ultimando un fichaje. De modo que un asunto que debería tener absoluta transparencia por ser puro interés público, se convierte en una partida de Monopoly en el que los señores que rigen la cosa intercambian con alegría calles, hoteles y billetes, sin que, por encima, se puedan conocer los detalles del tejemaneje. Pues vale. Total, pa qué.