?ruzar al volante el puente de As Pías de noche y lloviendo es cualquier cosa menos agradable. El miedo se cuela entre los asientos del automóvil y se acomoda como un pasajero más. Aún respetando estrictamente las normas de seguridad vial y circulando por debajo de la velocidad máxima permitida, manda la intranquilidad. A los pocos segundos de entrar en el viaducto, ya estás deseando salir. Ves el cemento gris de la mediana realmente cerca. Si adelantas o te adelantan da la sensación de que no hay sitio para tanto coche, aunque la carretera tenga dos carriles. Al estar lloviendo, la cosa todavía pinta peor. Las extrañas serpientes de asfalto con las que se les ha lavado la cara a las grietas se convierten en el enemigo. El temor al aquaplaning se te mete en la cabeza. Cualquier extraño que haga el coche puede convertirse en un accidente. Ves que apenas dispones de espacio ni tiempo para corregir la dirección. Cruzar el puente de As Pías, algo que hacen miles de vehículos cada día, da vértigo, una compañía nada recomendable para los conductores. Por fin alcanzas la zona de San Valentín y ya encaras el semáforo de Fene. Sólo fueron unos minutos. Menos mal. ¿Será tan difícil mejorarlo? ¿No es una prioridad?