¿Es Internet una distopía?

Diversos críticos lamentan que el espíritu colaborativo de Internet haya degenerado en una sociedad egoísta, transparente y automatizada. «Ya no leemos, escaneamos, somos máquinas», avisa Carr. Acusan a los «tiburones» de Wall Street de haber «monetizado» el idealismo de Silicon Valley.

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Redacción

I nternet fue un proyecto público y solidario que revolucionó nuestras vidas: podemos comprar billetes de avión o libros on line, resolver dudas al instante, enviar mensajes instantáneos o contratar un taxi o un piso muy baratos con un simple clic. Pero los beneficios de la economía colaborativa no ciegan a un grupo de teóricos que no oculta su desengaño y alerta de los peligros de la red global. Por ejemplo, el filósofo Byung-Chul Han avisa de que Internet ha creado una sociedad de la transparencia donde todos somos vigilados. Antes, en un partido de fútbol podías desahogarte gritando entre la masa del público, pero si ahora lo haces en Twitter todos saben quién eres dentro del «rebaño digital». Equipara la Red con un panóptico, la torre de una cárcel rodeada de celdas sin que nadie pueda saber a quién observa el vigilante.

Pero incluso Internet podría estar cambiando nuestra forma de pensar y recordar. Así lo cree Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, del 2011. Sostiene que Internet está cambiando nuestros cerebros para adaptarlos al multiproceso (atender a seis tareas o más a la vez) y la gestión rápida de montañas de información. No leemos, escaneamos. Su temor es que nos convirtamos en máquinas porque aspectos humanos como la compasión o la empatía necesitan tiempo para reposar en la mente y la frenética marea de datos de Internet impide la memorización y el asentamiento y razonamiento.

Eli Pariser, en su libro El filtro burbuja, del 2011, señala que, en el origen, los propios creadores de Google hicieron una apuesta por la búsqueda neutral como forma de saber todo pero pronto cayeron en la realidad de que si querían ganar montañas de dinero deberían ir de la mano de las empresas de publicidad. Para Pariser, con las búsquedas personalizadas desaparece la serendipia (el arte de buscar algo y encontrar algo mucho más valioso) y ahora el internauta solo recibe, a través de un filtro robotizado, lo que quiere ver y escuchar. Además, las grandes plataformas han creado un perfil de cada usuario con miles de datos sobre él que revenden al mejor postor. Jaron Lanier, en ¿Quién controla el futuro?, del 2013, propone que cada usuario cobre algo de dinero por sus contenidos y datos.

Tom Slee, en su libro Lo mío es tuyo, del 2016, estudia cómo funcionan las plataformas de la economía colaborativa, caso de Uber o Airbnb. Dice que ambas acaparan las reservas y sus competidores quiebran o solo captan ventas marginales. Además, estas compañías que facturan tantos millones apenas pagan impuestos ni crean trabajos, porque están diseñadas para no gastar nada y recoger todo el beneficio para ellos. Slee culpa a los tiburones de Wall Street que se han mudado a Silicon Valley y solo piensan en ganar fortunas.

Solucionismo

Evgeny Morozov, en su libro La locura del solucionismo tecnológico, del 2013, se burla de la ideología de los fanáticos de la tecnología de Silicon Valley, quienes creen que todo se arregla con algoritmos. La salvación de la humanidad, ironiza Morozov, que propone Silicon Valley es usar dispositivos de alta tecnología y autovigilancia para vencer la obesidad, el insomnio y el calentamiento global y almacenar todo lo que hacemos. La política quedará reemplazada por grupos de discusión al estilo Groupon. «La gente hace lo debido para ganar puntos, insignias y dinero virtual. Esto no es una distopía, ya se está desarrollando. Silicon Valley quiere meternos a todos en una camisa de fuerza digital», avisa. Y Andrew Kenn, en Internet no es la respuesta, del 2015, critica la ideología libertaria y egoísta de los emprendedores de Internet que quieren hacerse los guays y cools. «Apenas pagan impuestos pero se aprovechan de tecnologías desarrolladas por el sector público para amasar fortunas y acrecentar la desigualdad. Internet fracasó como proyecto público», afirma.

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