Robotización, el gran desafío

La automatización del mundo es imparable y genera un gran debate social entre sociólogos, economistas y críticos de Internet. Se preguntan si la industria 4.0 creará empleo al mismo ritmo que lo destruye, qué pasará con profesiones de cuello blanco como médico o abogado y si será necesario crear una renta básica para todos los ciudadanos.

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Redacción / La Voz

La robotización y la inteligencia artificial han generado un gran debate social porque podrían cambiar el mundo como lo conocemos. No se trata solo de camiones y taxis autónomos que sustituyen al chófer humano, sino también electrodomésticos conectados entre sí. Hace años que los novelistas sueñan con un mundo de pleno ocio gracias a los robots mayordomo. Pero la realidad suele ser más siniestra y los más pesimistas prevén un planeta rebosante de desempleados y dominado por los dueños de las máquinas que fabrican a coste cero. Martin Ford, en su libro El auge de los robots, alerta sobre este nuevo escenario, lo mismo que Paul Mason en Postcapitalismo, que ve detrás de la industria 4.0 una nueva destrucción empresarial creativa. Entiende que la robotización es una forma de taylorismo avanzado, donde una tarea se divide en otras simples. Las redes sociales son un ejemplo extremo de esto porque funcionan solas con algoritmos generados a partir del Big Data.

El mayor debate se centra en si la robotización reemplazará empleos obsoletos como el de conductor de carruajes de caballos por otros nuevos como el de chófer de camión, si lo hará a ritmo más lento, o si destruirá los viejos empleos sin crear otros. Muchos recuerdan que el economista Robert Solow, que atribuyó el crecimiento económico al progreso tecnológico, cayó un día en la cuenta de que pasaba algo raro con la revolución informática de los años 80. Antes había pleno empleo, pero en el 2000 ya existía una tasa natural de paro del 3 al 5 %. Por eso, algunos autores definen los últimos 40 años como el Gran Estancamiento por su falta de progreso y salarios a la baja. La prueba, afirman los detractores, es que Google y Facebook ganan miles de millones en beneficios pero emplean a una ínfima parte de la plantilla de General Motors o de Kodak, dos gigantes del siglo XX. El paro masivo no solo afectaría a los camioneros y repartidores reemplazados por los coches autónomos y los drones de Amazon, sino también a profesionales de cuello blanco como brokers, empleados de banca, cirujanos, abogados, ingenieros, periodistas, militares y poetas. La inteligencia artificial hará el mismo trabajo mediante algoritmos, más rápido y mejor. Entre los futuros empleos de calidad estará el de programar autómatas. Siempre surgirán nuevas profesiones como youtuber, bloguero o instagramer.

A mayores, como señaló el sociólogo Alvin Toffler, el propio consumidor es también productor (prosumidor) que monta en su casa sus muebles, retoca sus fotos, imprime sus compras en 3D y genera contenidos para nutrir a las plataformas de Internet. Jeremy Rifkin propuso en 1996 en su libro El fin del trabajo que los ociosos podrían autorrealizarse como voluntarios de oenegés, pero ahora vemos, paradójicamente, que los internautas dedican su tiempo libre a trabajar gratis para Internet.

Renta básica

La robotización también se plantea como otra vuelta de tuerca a la deslocalización industrial, pero esta vez los trabajadores occidentales no competirán con Asia, sino con ultramodernas fábricas asentadas en los barrios del mundo rico y que bajarán aún más los sueldos. Los políticos ya debaten si es necesario conceder una renta básica para cubrir las necesidades de cada ciudadano, algo a lo que se suma Rutger Bregman en su libro Utopía para realistas.

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