Un soldado de hierro en Normandía

En 1990, este todoterreno americano yacía inerme a la intemperie en un desguace a las afueras de Almería en el sur de España. Nadie podría imaginar que aquel vehículo, oxidado y pintado de rojo chillón, había sido testigo de una de las mayores ofensivas aliadas de la Segunda Guerra Mundial. Salvado de una muerte segura por la Fundación Jorge Jove, hoy, ya restaurado, vuelve a pisar con la misma fuerza que en 1944.


El desembarco de Normandía es considerado como el mayor ataque militar de todos los tiempos, pero también la operación logística más compleja de la historia. En la madrugada de aquel 6 de junio, 156.000 soldados asaltaron las playas francesas en cinco puntos estratégicos para enfrentarse a los alemanes. En días posteriores, la estructura organizativa fue la otra gran cruzada. La construcción de puertos artificiales flotantes permitió la descarga de miles de toneladas de material militar esencial para que las tropas pudiesen avanzar en terreno enemigo.

El contingente automotriz utilizado en el desembarco aliado comprendía más de 30 tipos de vehículos. Pero, sin lugar a dudas, fueron dos variantes de 4x4 los que se llevaron parte del éxito de la contienda: el Jeep Willys y el Dodge WC. Dos auténticos todoterrenos. Aunque el primero se llevó la fama, no sin merecerlo por su rapidez y agilidad, el segundo, el WC, nuestro protagonista, llegó a ser uno de los favoritos de las tropas por su robustez y consistencia.

Apodado BEEP, unión de letras de Big Jeep por su parecido con el Jeep Willys de menor tamaño, el Dodge contaba con tracción a las cuatro ruedas, lo que le permitía afrontar terrenos fangosos con una soltura sorprendente a pesar de sus 2.500 kilos de peso. Originariamente fue creado para el transporte de armas y municiones, pero a lo largo de su vida tuvo más de 70 variaciones de carrocería dependiendo del uso al que era destinado. Funciones como las de reconocimiento, transporte de tropas o evacuación de heridos eran las más frecuentes.

FABRICACIÓN AMERICANA

Dodge, a través de su matriz Chrysler y al igual que otras factorías como General Motors o Ford, colaboró en la producción de material bélico durante el conflicto mundial. Además de componentes de aviación, instrumentos de precisión o armamento de todo tipo, su gran esfuerzo fue la construcción de vehículos militares.

Se construyeron diferentes categorías pero una, la de los camiones ligeros, sería crucial para el transporte. Aquí es donde nuestro Dodge WC llegaría a desempeñar una papel clave.

Los orígenes de este pequeño camión se remontan a los nuevos diseños de Dodge presentados en 1939. Con la contienda a la vuelta de la esquina, el ejército americano amplió su parque móvil a partir de vehículos de calle. Así nacía el predecesor del Dodge WC, denominado VC. Basado en el modelo comercial de serie, al que se le realizaron algunas modificaciones como la instalación de una defensa frontal de acero. Sustituido en 1941 por la primera versión WC, iniciales de la palabra inglesa Weapon Carrier (portador de armas), de la que se construyeron casi 80.000 unidades hasta que un año más tarde salía de las fábricas americanas el que sería el diseño más icónico, la segunda versión de la serie WC.

EL SOLDADO WC

En los primeros meses de 1942 salía de la planta Chrysler en Detroit la primera unidad de esta nueva serie. Mantenía la solidez, fiabilidad y facilidad de reparación que demostraron los modelos de los que partía. El nuevo diseño se adaptó perfectamente a las exigencias militares en campaña. La simplicidad de todos sus elementos garantizó su fiabilidad, como ocurre con los guardabarros delanteros, que gracias a su diseño plano evitaban la acumulación de barro. Hasta el final de su producción, en 1945, se construyeron más de 250.000 unidades con más de 20 versiones carrozadas. Incluso una de ellas fue ampliada a seis ruedas motrices, capaz de transportar a 17 hombres. Sin embargo, la versión WC 51, y su variante WC 52, que adoptaba un cabrestante en el frontal, fueron las más demandadas gracias a su versatilidad y equilibrio dinámico, y supondrían casi tres cuartas partes de la producción total.

De militar a bombero todoterreno

Salvado de su desaparición por la Fundación Jorge Jove, esta unidad languidecía en un desguace almeriense. Fabricada en 1943, estuvo al servicio americano hasta el fin de la contienda, y su destino fue el mismo de otros muchos vehículos militares, que tras la guerra fueron donados, destruidos o abandonados en Europa. En multitud de ocasiones fueron reaprovechados para diferentes usos, en su mayoría civiles. Nuestro protagonista pasó a formar parte del parque de extinción de incendios francés en Herault, un departamento en la Riviera francesa, al sur del país vecino. Allí es donde, a lo largo de los años, sufre varias modificaciones como el color o el cierre de la cabina. La siguiente pista nos lleva hasta finales de los 80, que es cuando realiza su última ITV francesa. De nuevo se pierde el rastro hasta que es hallado en el sur de España. Con un deterioro muy visible, descolorido y con zonas de óxido, es rescatado y depositado en un almacén durante más de una década. A principios del nuevo siglo se traslada hasta a la central de restauración de la Fundación en Arteixo. No es hasta principios del 2017 cuando comienza su restauración.

EL TESORO OCULTO

El estado exterior anodino y una evidente falta de originalidad hizo dudar sobre su pasado militar. A pesar de contar con las placas de chasis americanas, estas podrían ser falsas o procedentes de otro vehículo, por lo que el interrogante estaba sobre la mesa. Una vez comenzados los trabajos de chapa, se procedió a verificar si bajo su pintura roja existía algún distintivo que corroborase la teoría. Tras eliminar con sumo cuidado varias capas de pintura fue apareciendo poco a poco la matrícula original americana, lo que evidenciaba su pasado histórico. Tras las verificaciones de rigor, se pudo comprobar la autenticidad del vehículo como parte del patrimonio histórico.

La restauración hasta el último tornillo no se hizo esperar. Su motor, con apenas 12.000 kilómetros en su velocímetro, que podrían ser reales dado el estado extraordinario en que se encontraba el grupo propulsor, solo necesitó una restauración casi superficial a pesar de ser desmontado por completo para su verificación pieza por pieza. Hoy en día es objeto, como el resto de la colección de la Fundación Jorge Jove, de los cuidados más exhaustivos para una conservación óptima. Aunque ha participado en alguna recreación histórica, su verdadero objetivo es ser exhibido al público en cuanto se construya el futuro museo de la automoción. Un espacio orgánico donde se podrá vivir la historia a través de los iconos del automovilismo como en este caso.

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