Operarse o no, he ahí la cuestión

Llevas años dándole vueltas al tema y no te decides. Solo pensar en un cirujano «fuchicando» bajo tus párpados con un láser te causa auténtico repelús, pero los que ya han dado el paso usan la misma cantinela: «¿Por qué no me habré operado antes?». Repasamos los pros y contras de las técnicas quirúrgicas aplicadas a la visión.

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Vaya por delante que no todo el mundo puede operarse la miopía. «A una de cada cinco personas le tenemos que decir que no». Jose Antonio Saavedra, del Centro de Ojos de A Coruña, calcula que una quinta parte de los pacientes no cumple los requisitos. Esto es, que el defecto lleve estable más de dos años, un exhaustivo estudio previo y que el paciente esté motivado. Sea porque el miope en cuestión ya no tolera las lentillas, por el trabajo o porque practica deporte y le resultan incómodas las gafas, el primer paso es querer operarse. «No hay por qué presionar a nadie para que se opere», explica el oftalmólogo. Esto es lo que el doctor Saavedra le diría a su propio hijo: «Si eres feliz así, no hagas nada».

En el planeta existen 2.000 millones de personas con miopía y los expertos apuntan a que esta cifra se duplicará en el año 2050. Si te has percatado de que a la óptica de tu barrio parecen irle bien las cosas es porque, en el mundo, cada vez hay más miopes. El número de afectados, lejos de disminuir, ha aumentado significativamente en los últimos años. En la actualidad, los problemas de la vista afectan al 10-20 % de los niños en edad de crecimiento y hasta al 30 % de los adultos menores de 40 años. En los años setenta, solo el 20 % de las personas en esa franja de edad llevaban gafas o lentillas. La prevalencia de la miopía depende de la región geográfica, la raza, el contexto cultural, la edad y el nivel de educación.

En África, es del 4 %; en Europa, del 29 %; y en Hong Kong y Singapur, por ejemplo, del 80 %. «Casi todos los asiáticos son miopes. Allí, el porcentaje se dispara», explica Saavedra. Independientemente de la genética, hay una serie de factores ambientales que contribuyen al desarrollo de los defectos en la visión. El contacto permanente con la multi-pantalla es uno de ellos. Estamos todo el día con el móvil en la mano, aprovechamos los ratos libres para echarle un ojo al Facebook, consultamos el ordenador en el trabajo, luego cogemos la tableta digital para ver el correo y, al final del día, miramos una hora la televisión o jugamos a la videoconsola para luego leer media horita la novela antes de dormir. Según el oftalmólogo, «el problema radica en el modo de vida. En las poblaciones más rurales, donde el trabajo de cerca es menos frecuente, hay menos miopía. Pero nosotros estamos todo el día con nuestros ojos en las pantallas. Eso miopiza». Se ha demostrado que aumentar el tiempo de estancia al aire libre una hora a la semana puede reducir un 2 % la probabilidad de desarrollar miopía. De hecho, en verano, la progresión de dioptrías es un 60 % menor que en invierno.

 Luego están las consecuencias del defecto. Un tercio de los fracasos escolares suelen ser por la visión. A pesar de ello, solo el 40 % de los niños menores de siete años acuden al oculista. Los pediatras recomiendan la primera visita a los 3 o 4 años, pero es conveniente llevarlos a hacer una revisión oftalmológica de nuevo entre los 5 y los 6 años, que es cuando empiezan a leer con regularidad (al menos en el colegio). Tanto para los adultos como para los niños, un método para ralentizar la progresión del defecto es lo que los americanos llaman el «20-20-20»: Cada 20 minutos, mirar durante 20 segundos a 20 pies de distancia [unos 6 metros]. En España, es más popular esta otra fórmula: Cada hora, hay que descansar cinco minutos y relajar la vista mirando de lejos. Otra manera de frenar el crecimiento de la miopía son las gotas ciclopléjicas (atropina) o la ortoqueratología, una lente semirrígida que se coloca por la noche, corrige el defecto y el paciente ve durante el día. Algunos especialistas no son partidarios porque solo logra un efecto temporal, el precio es alto y puede acarrear úlceras o infecciones. En general, la miopía puede ser operada con láser en pacientes entre los 18 y los 50 años con hasta 6 a 8 dioptrías, la hipermetropía hasta las 6 o 7 y el astigmatismo hasta las 5 o 6, siempre que el grosor o la curvatura de la córnea lo permitan. En los casos de alta graduación o córnea fina, existe la posibilidad de implantar las lentes intraoculares.

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Las opciones

Lentes nocturnas. La ortoqueratología es una de las alternativas más novedosas, pero su uso aún no se ha generalizado. Entre otras cosas, por el precio: cuesta entre los 700 y los 900 euros por ojo. Son unas lentes semirrígidas que modelan la córnea durante la noche, corrigen el defecto y se retiran por el día cuando el paciente ya ve. Son efectivas, pero no definitivas. Aplicables tanto para niños como para adultos. Algunos especialistas no las recomiendan.

Cirugía extraocular con láser excímer (Lasik o PRK). Es un método seguro, con un 99% de éxito garantizado. Los efectos secundarios, como los halos o los destellos, se minimizan con la aplicación personalizada de la técnica. Para cada persona, hay una solución, «un traje a medida». El precio oscila entre los 900 y los 1.300 euros por ojo. No se recomienda a mujeres embarazadas, córneas finas o menores de 18 años. La graduación no puede haber variado en los dos años anteriores. 

Cirugía intraocular con lentes epicristalinianas. Si los dos métodos anteriores se realizan en la superficie del ojo, aquí ya nos metemos dentro, con lo que el riesgo, aún siendo muy bajo, se eleva y también el precio: de 1.800 a 2.500 euros por ojo. Se implanta una lente por delante del cristalino que luego convive con él. El paciente debe estar de baja laboral al menos una semana como mínimo. Con el Láser Lasik, la baja solo es de dos días.

Lente intraocular multifocal. Además de para las altas miopías y córneas finas, la lente intraocular multifocal puede corregir tanto la presbicia como las cataratas. Suele recomendarse a partir de los 55-60 años, cuando el cristalino comienza a tener problemas en su función de enfocar de cerca. Es como el método anterior, pero la nueva lente, en vez de convivir, sustituye al cristalino. Cuesta de 1.500 a 2.000 euros por ojo. 

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