De la «Sarita» a los carrilanos

Una semana después del arranque de la conexión rápida entre A Coruña y Vigo, Informe en V (esta noche 22.30) revisa la llegada del ferrocarril a Galicia: un avance  que abrió la puerta de modernidad a una tierra aislada

Próxima estación, Galicia «Informe en V» hace un repaso por la historia de la llegada del tren a Galicia. ¿Cómo se hicieron las obras de la época? ¿Qué pueblos cambiaron su vida?

Ciento cuarenta y un años han pasado desde que el primer tren circuló por Galicia. Y 42 los kilómetros que recorría entre las localidades de Cornes y Carril. La ubicación estratégica de ambas (hoy pertenecen a Santiago y Vilagarcía) y que en 1861 el Congreso de los Diputados concediera el proyecto a Domingo Fontán, autor del primer mapa topográfico de Galicia, fue determinante. Fontán dirigía en Compostela la Real Sociedad Económica de Amigos del País y quiso involucrar al empresariado de la ciudad: «O proxecto ía chegar só ata Pontecesures pero cando pola complexidade do trazado Fontán pide axuda ao enxeñeiro inglés Thomas Rumball optouse por Carril». José Luis Piñeiro, secretario de la Asociación Compostelana de Amigos del Ferrocarril, recuerda que el extenso nombre de la línea, Real Sociedad del Ferrocarril Compostelano de la Infanta Doña Isabel de Santiago al Puerto de Carril, fue un guiño a la Corona: «Se unha Infanta metía cartos animaría as inversións», concluye. Pero ni con esas. Con otro inglés, John Stephenson, como encargado de las obras y con capital británico la línea se inaugura el 15 de septiembre de 1873. La Sarita, nombrada así por el río que corría cercano a la vía, fue la primera locomotora. «A xente montaba en marcha e ás veces baixaba para axudala a andar. Os maquinistas coñecían as peixeiras de Carril e agardaban por elas antes de saír», aporta Piñeiro. El gerente más conocido de la compañía ferroviaria fue John Trulock, abuelo de Camilo José Cela. 

A pesar del intento en los años 20 de crear la Compañía de Ferrocarriles de Galicia sucesivas absorciones acabaron integrando la ruta del compostelano en lo que hoy conocemos como Renfe.

MONFORTE: EL DESPEGUE

Los ojos de José Gonda han visto muchos túneles, de esos en los que la locomotora se quedaba atascada por el peso de la carga y en los que la pareja (maquinista y fogonero) debía tirarse al suelo con un trapo húmedo en la cara para no ahogarse con el humo. A veces les daban botellas de oxígeno para soportar la espera. «Y eso nadie lo valora», se queja, antes de recalcar que, gracias a ellos y a todos los obreros del ferrocarril, Galicia creció. Lo hizo, dice, desde Monforte, de donde salían y entraban personas y mercancías en las primeras décadas del siglo XX.

EL ÚLTIMO DE UNA SAGA

José tiene 81 años y es el último de la saga familiar, ferroviarios de toda la vida. Aprendió a amar el oficio gracias a su padre. «Cuando me portaba bien ?recuerda? me llevaba con él y me dejaba tocar el pito de la máquina y mancharme de aceite». El José niño creció y entró en el Ejército, donde entonces se formaban los maquinistas. En el año 52 ya era fogonero y poco después empezó a llevar máquinas. De aquella época conserva decenas de fotos, encaramado a su locomotora de vapor: una mole de hierro de la que habla con absoluta ternura. Y es que la máquina siempre fue un compañero más. Su buen funcionamiento eran el deber y el orgullo de cualquier maquinista. Incluso para los que llegaron después, como Fernando Martínez. Él tiene 71 años y también es hijo y nieto de ferroviarios. Su padre no quería ni verlo en un tren, pero la vocación se impuso. Para cuando Fernando consiguió ser maquinista, la época del vapor ya era historia. «Nosotros íbamos en diésel o eléctricas y ya no era lo mismo. Era como la noche y el día, en cuanto al trabajo y, por supuesto, la penosidad». Y aún así, él también pasó las suyas. «Cualquier trayecto duraba muchas horas, porque había que parar y maniobrar en las estaciones. También era esclavo para nuestras mujeres».

Hoy los dos, ya jubilados, miman un pequeño tesoro: decenas de piezas de hierro y madera con las que se escribe la historia gallega del ferrocarril. Una historia que nos lleva de Monforte a Ourense, donde el tren convirtió una pequeña parroquia rural en el barrio de A Ponte, el más grande y poblado de la capital ourensana. Aquí, nos recuerda Paco Boluda, presidente de la asociación Carrileiros de Foula, la historia del tren es casi la de dos ciudades, porque cuando el ferrocarril llegó a Ourense, en 1881, lo hizo en realidad a lo que entonces era el vecino concello de Canedo, anexionado a Ourense en 1943. El hecho de ser entonces ayuntamientos distintos condicionó la construcción de lo que hoy es la estación Empalme, la del barrio de A Ponte, y la estación de San Francisco, en el otro extremo de la ciudad. Hoy en desuso, era parada de la línea A Coruña-Zamora.

EL INFIERNO DE PADORNELO

Pero si una obra marcó la historia del ferrocarril en Galicia, ese fue el tramo Puebla de Sanabria-Ourense. Corría el año 1928 cuando empezó la obra. Se proyectó a cinco años, pero esos cinco años se convirtieron en tres décadas. «Tiñan que loitar contra a orografía. Construíron o que entonces era o túnel máis longo da Península». Rafael Cid, periodista y autor del documental Carrilanos: túneles dun tempo se refiere al túnel de O Padornelo. La obra del infierno que iba a conectar Galicia con la Meseta por el sur. «Hoxe hai máquinas, entón só man de obra. Alí traballaron miles de persoas. Nos momentos máis fortes chegaron a cinco mil obreiros». Uno de esos trabajadores nos recibe en Ourense con la tranquilidad de sus 81 años y con la sabiduría adquirida de una vida al lado de las vías del tren. Paco González fue uno de esos obreros. Un carrilano. «No chamado Túnel 12 ?se refiere a O Padornelo? morreron moitas persoas. Fun a moitos enterros. Había accidentes coas vagonetas, cos barrenos... por non falar do mal da vía!». Ese mal al que se refiere Paco es la silicosis. El túnel no tenía ventilación y los pulmones de los obreros decían basta. «Daquela a xente non sabía o que era. Só que te destruía. Pensabamos que era contaxiosa». A los males de la obra había que sumarle que esos miles de obreros, gallegos y foráneos, se asentaron en campamentos. Pueblos artificiales creados de la nada. Paco vivió con su padre y hermano en el de Santa Bárbara, en Requejo (Zamora). «Todo era moi duro, pero tiñamos un soldo. Aquilo era outro mundo: había fonda, economato...». Paco se emociona al recordar aquella vida y al ser consciente de que le está cediendo el testigo de sus recuerdos a alguien más: «Non fomos recoñecidos. Só sabemos o que pasamos os que estivemos alí».

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