«Hai corenta anos que non vou a Ourense»

EXTRA VOZ

ALBERTO LOPEZ

En una semana de frente polar en Galicia y parte de la Península, Informe en V se planteó el reto de aislarse en la nieve durante una jornada. Para ello los reporteros del programa viajaron a algunos de los lugares de más complicado acceso de Galicia. ¿Cómo viven allí sus vecinos?

09 feb 2015 . Actualizado a las 14:19 h.

Lunes. Diez de la mañana. Arteixo. Cargamos un coche de material hasta arriba. Revisamos el maletero: cámara, micrófonos, ropa de abrigo y, por supuesto, víveres para pasar 24 horas aislados. Nuestro objetivo está en Pena Trevinca, en concreto en la cuarta localidad más alta de Galicia. Vilanova nos espera a 1.217 metros de altura. Conducimos con calma hasta O Barco de Valdeorras. Durante el camino nos preguntamos cómo será esta aldea de doce habitantes. Aunque partíamos con la ruta clara, el navegador del coche nos plantea una carretera alternativa. 
En lugar de ascender a Vilanova desde A Veiga, decidimos hacer caso del aparatejo y subimos la montaña desde O Barco. «No se ve tanta nieve», me atrevo a decir como copiloto. 
Estoy equivocada. Nos quedamos atascados en cualquier mínima pendiente. Decidimos continuar durante unos metros a ver qué sucede. Llega el segundo error. Nos quedamos enterrados en un curva. Con cara de pánico bajamos del coche. «¿Qué es ese ruido?», le pregunto a mi compañero Marco. Es una quitanieves que parece que nos va a llevar por delante. Su conductor nos mira con la normalidad de quien ha tenido que sacar a muchos incautos del atolladero. «Girad por ahí, paso y ya os queda limpia la carretera». 
Decidimos montar las cadenas. Ninguno de los dos las habíamos visto delante. Son de lona y fáciles de poner. Nos felicitamos por la hazaña y en lugar de seguir la recomendación del conductor, seguimos ascendiendo. 
 Al llegar al siguiente cruce, nos encontramos con un muro de nieve. Ahora sí, tendremos que ascender por A Veiga. Hemos perdido una hora. La nueva ruta parece más plácida. Llamamos, aunque ya con problemas de cobertura, a Cholo. Él será nuestro cicerone en Vilanova. «Subide sen medo. Xa pasou a máquina». 
Le hacemos caso, pero el nivel asumible de nieve para los lugareños es superior al nuestro. Nos encontramos con que a 17 kilómetros de destino no vemos ni el asfalto. La nieve en los laterales de la vía tiene medio metro. Intuimos que la carretera está bajo nuestras ruedas. «¿Hay que dar la vuelta?», pregunto casi afirmando, pero ya no podemos girar. Solo avanzar. Hacia arriba patinan las ruedas del coche. Hacia abajo vamos por una especie de tobogán.
 Ni siquiera nos cruzamos con ningún vecino que nos pueda ayudar. Una hora y cuarenta minutos después divisamos Vilanova. Es lo que hemos tardado en recorrer 17 kilómetros.

GLADYS VAZQUEZ

GLADYS VAZQUEZ

 

 


 En la puerta de una preciosa casa rural nos esperan Marcos y Cholo. Son unos más de la aldea. Parece que han nacido aquí, pero en realidad son de Vigo y fueron urbanitas. Cholo era un fotógrafo apasionado de la montaña. Tanto que la montaña le ganó a su vida personal. «Que fago aquí todo o día? Ler, pensar... a xente de cidade ás veces dádesnos pena». Tiene 70 años y se dedica a la promoción de la zona. Dice que en esta tierra morirá. Marcos es el gerente de la casa rural. 
A sus 39 años ya lleva 20 viviendo aquí. «Estudei electrónica e informática, pero non entendía a vida nunha fábrica». Cholo le mira y se ríe. «Se teño que voltar á cidade perdería 20 anos de vida. Vou a Vigo cada catro meses ou así». Marcos tampoco echa de menos la vida de asfalto. Ni la nieve le desanima. «A neve dá tranquilidade». Son ya las cinco de la tarde y no podemos regresar. «Cando cheguei aquí a xente pensaba que estaba tolo. Vas vivir en Vilanova?, preguntábanme. Se aí aínda hai lobos», comenta Cholo. «Os veciños non protestaban. Non viñan a sacar a neve. Dixémoslle a un alcalde que sería responsable da morte dun veciño». Efectivamente, aquí suben las quitanieves, pero hasta cierto punto.  Le pedimos a Marcos y a Cholo que nos presenten a esos vecinos. En un cruce está Virgilio guardando sus ovejas. Tiene 79 años y lleva toda la vida en el pueblo: «Levamos uns días duros de neve. Hai que dar pienso aos animais. Non poden saír». Le preguntamos si ve la situación tan difícil y él se ríe. «Hai neve, pero nada como hai anos». Cerca vive Jovita. Es la vecina más veterana a sus 89 anos. «O meu neto bérrame que vaia a velo a Vigo, pero como na casa non estou». Tan a gusto está que nos pone un ejemplo: «Hai 40 anos que non vou a Ourense. Quedas illado, pero disto non morreu ninguén». Pero ¿qué pasa si en este lugar hai una emergencia en una noche como ésta? Marcos responde: «O helicóptero non pode voar. Tería que vir unha ambulancia. Se non pode, hai que sacar á xente como sexa». 

GLADYS VAZQUEZ

GLADYS VAZQUEZ

 

«A pena é non ter bar» 
No nos aclara la duda. Seguimos hasta la casa de Odilo y Herminia. «Isto non é nada...esto é neviña. Agora todo o mundo ten coche e móbil. Antes era todo a pé e a cabalo. Iamos uns ás casas dos outros. A pena é non ter bar». Odilio tiene 80 años. Nos explica que en días así tienen lo necesario para comer en casa. «Cando pode sube un coche con aceite, pasta e todo eso que no tes. Esperas e punto. Non pasa nada». Nos agradece nuestra visita: «Quen me dera ver aquí máis xente nova coma vós».
 Nos quedamos solos. Caminamos por las calles de una aldea fantasma, entre la alta nieve y con los mastines siguiéndonos la pista. 
Sabemos que mañana no podremos salir sin quitanieves y que de nuevo bajaremos la montaña entre resbalones. Un auténtico descontrol para nuestro mundo. La normalidad para los que dejamos atrás.