El vértigo de decidir


Sucede mientras ambicionas un gran cambio que la ilusión te hace verlo todo muy fácil. Pero a medida que se acerca el momento de tomar la decisión definitiva se apodera de uno un gran vértigo, el del miedo a equivocarse. Y ese vértigo hace que a menudo se opte finalmente por la solución más conservadora. Pues bien. Ese momento se acerca para Pedro Sánchez. Pronto tendrá que tomar una decisión que marcará su futuro y el del PSOE. Puede optar por la solución que en apariencia más le favorece personalmente y la única que aritméticamente le abre las puertas del Gobierno, que es una coalición con Podemos. O puede ser coherente con su discurso y el de su partido y mantener hasta el final su apuesta por un Gobierno transversal, aunque ello le cueste fracasar en la investidura. La política es, o debería ser, mucho más que una simple suma de escaños para acceder al poder por la vía más corta. La mejor y más eficaz forma de ejercer el poder es mediante la ejemplaridad y la coherencia de principios, actitudes y acciones. Lo demás son batallas de imagen y movimientos tácticos con la vista puesta en unas nuevas elecciones.

Lo que de verdad está en juego es qué tipo de Gobierno se constituye. Y hay tres opciones. Un Ejecutivo continuista, el que defiende el PP con una propuesta acomodaticia para intentar unos apoyos que despreció a lo largo de la pasada legislatura. Eso explica que, pese a ser la fuerza más votada, concite el rechazo mayoritario del resto de los grupos políticos. Es decir, el PP ganó las elecciones pero su opción política las perdió, y eso lo lastra para gobernar. Enfrente está la opción rupturista de Podemos. Su propuesta no es tanto una coalición de izquierdas como una enmienda a la totalidad de los consensos de la transición. Lo nuevo contra lo viejo, que decía Pablo Iglesias cuando le interesaba dar por finiquitado el eje derecha-izquierda. Ocurre que el PSOE es artífice de esos consensos y, por ello, asumir las exigencias de Podemos, adornadas con un barniz izquierdista, sería tanto como traicionar su propia obra. La tercera opción es ese Gobierno reformista en el que insiste Pedro Sánchez, que pasa por cambios políticos desde el respeto al marco constitucional y comunitario. Es lo más respetuoso con los resultados electorales: un cambio sin traumas. A Sánchez le ha llegado el momento de elegir entre la apostasía para facilitar la formación de Gobierno o mantenerse fiel a la tradición reciente de los socialistas. Y si eso le impide gobernar, cada uno deberá asumir la responsabilidad que le corresponda por impedir el cambio.

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