¡Ya era hora!


Al igual que los líquidos tienden a ocupar los huecos vacíos, los independentistas han aprovechado la inacción política de los constitucionalistas para expandir sus tesis. La deriva secesionista de Convergència, la principal fuerza política catalana, viene ya de lejos, pero no se le hizo mucho caso con la idea de que era una estrategia negociadora. La marea fue creciendo y se convirtió en desafío en toda regla al menos desde hace un año, con la convocatoria de la seudoconsulta. La respuesta fue entonces la de aplicar la ley, como si eso fuera suficiente. El tiempo ha demostrado que no y la situación ha empeorado gravemente. Hemos tenido que llegar al borde del precipicio para que los líderes políticos por fin reaccionen. Los intereses electorales en un año plagado de comicios han impedido hasta el momento una respuesta unitaria. Lo primero ahora es evitar que el 20D se convierta en un obstáculo para restañar las fisuras y no caer en la tentación de convertir Cataluña en un argumento para ganar votos en el resto de España. Es legítimo que los partidos discrepen en sus propuestas para resolver el problema a largo plazo. Esa es la esencia de la política. Pero no puede servir de excusa para no estar unidos en lo esencial, la defensa de la ley, que es defender la voluntad de todos. La situación ha llegado a un extremo que ya hay que plantearse medidas que jamás tendrían que haber llegado a ser necesarias. Porque ante la emergencia del desafío no se puede responder con filosofía barata. Pero la urgencia de la respuesta tampoco puede ser excusa para obviar la acción política. El bloque secesionista no es monolítico, y ya que no se evitó que se solidificara, ahora hay que ser capaces de romperlo.

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