Un ataque a la democracia


Los secesionistas parten de una premisa falsa para llegar a unas conclusiones que son el equivalente a un golpe de Estado en la medida en que vulneran la legitimidad institucional y la legalidad para ejercer un poder que no les corresponde. No es cierto que haya una mayoría soberanista en votos ni que haya un mandato democrático para la independencia. Por mucho que se repita una mentira, no se convierte en verdad. La voluntad no es una decisión caprichosa del momento sino el poso de una sucesión de decisiones a lo largo del tiempo. Por eso la manera en que se forma la voluntad es tan importante como su propio contenido. Por eso, la voluntad se expresa en la ley. Y por eso no hay nada más antidemocrático que saltarse la legalidad. Dicho de otra manera, invocar la democracia para vulnerar las leyes es una contradicción en sus términos. Y quienes lo hacen lo saben, pero no tienen pudor en mixtificar la realidad para en unos casos tratar de imponer sus posiciones particulares y en otros esconder su fracaso político o eludir sus responsabilidades en la sangrante corrupción. Para intentar conseguir sus propósitos han manipulado la historia y exacerbado con engaños y falsas esperanzas los ánimos de buena parte de los catalanes. Y esto es lo más grave. Su acreditada deslealtad puede ser fácilmente combatida. Pero detener la bola de nieve secesionista va a ser mucho más complicado. Se ha mirado para otro lado mientras los irresponsables hacían engordar la bola, y ahora todo va a ser mucho más difícil. Pero hay que frenar ya esta deriva antes de que el desafío llegue a un punto de no retorno que se lleve por delante la convivencia en Cataluña. Y hay que huir de la tentación de intentar apagar el fuego con gasolina. Entre los más debemos imponer la cordura, no convertir esto en un duelo.

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