Volver a empezar


Desde 1977 no había un Parlamento tan fragmentado como el que dibuja la encuesta de Sondaxe. Aquellos primeros comicios democráticos dieron lugar a una legislatura constituyente. La que se avecina deberá recomponer consensos rotos, instituciones desprestigiadas, cuando no disfuncionales, y puentes territoriales destrozados. El impulso de la transición ha muerto, asfixiado por la corrupción y la oligarquización de los partidos tradicionales. Y, como puntilla, la recesión ha deshecho los lazos que dan cohesión a la sociedad. La mayoría paga en pobreza una crisis de la que no es responsable, mientras que muchos culpables se van sin pagar e, incluso, enriquecidos. Así que hay mucho que cambiar, incluida la Constitución. Pero no todo. Porque tan malo es pensar que, pasado lo peor de la crisis todo volverá a su cauce, como pretender hacer tabla rasa. A diferencia de 1977, España es una democracia avanzada, una sociedad desarrollada, compleja y abierta, plenamente integrada en un mundo interconectado. Algo que no se puede poner en riesgo y que debe ser el cimiento sobre el que asentar el futuro. La fragmentación no tiene por qué ser un problema si se asume que el diálogo político no es un compadreo ni un trapicheo de cargos, sino una vía de resolver problemas aunando sensibilidades distintas, incluso desde visiones contrapuestas. Ya se hizo y nada debe impedir que se vuelva a hacer.

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