La honradez del césar


El césar no solo debe ser honrado, también debe parecerlo. Así lo reconoció el ministro del Interior, quien aprovechó para hacer un chiste de dudoso gusto sobre la presión de lo políticamente correcto. Es lo que tiene la democracia, que no bastan las explicaciones, también hay que convencer. Y para ello, a menudo, más importante que el valor del argumento es la credibilidad de quien lo emplea. Ocurre que este es el hándicap del ministro y de la clase política en general. La preocupación del ministro del Interior por la seguridad de las personas es más que legítima, es obligada. Pero su argumentación tiene dos fallas. Una, que lo plantea como una cuestión de fe, ya que no hay forma de probar ni eso ni lo contrario, por lo que la verdad, sea cual sea, es indemostrable. Y dos, que en todo caso lleva implícito el reconocimiento de un trato de favor, en pago a cargos ocupados en el pasado, a una persona acusada de delitos gravísimos que provocan una gran alarma social. Sin menoscabar su presunción de inocencia. La misma que cabe reclamar para, por ejemplo, Luis Bárcenas. Entonces, ¿recibiría en su despacho al extesorero del PP si se lo pidiera? Seguro que no, por las mismas razones que tanto le indignaron ayer al ministro cuando las escuchó en boca de la oposición. Unas críticas válidas desde una perspectiva política, pero sin fundamento jurídico. Por eso, si la reunión Fernández-Rato alimenta las sospechas sobre la existencia de vasos comunicantes entre corrupción y política, la denuncia del PSOE incide en otro mal endémico: la judicialización de la política, la instrumentalización de los tribunales con fines partidarios. Más de lo de siempre, pero que se agrava al acercarse la campaña electoral.

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