La anormal normalidad


Uno de los problemas de España es que los símbolos que en otros países unen, aquí separan y se usan como armas arrojadizas. Son el síntoma de una división política que se retroalimenta azuzándose con el himno y la bandera. Los símbolos son significantes culturalmente cargados de sentido pero que han sido apropiados por banderías políticas. Es el mal de un país asentado sobre nacionalismos enfrentados, de un país dividido entre nacionalismos buenos y malos, según donde se sitúe cada cual. Un país histérico, demasiado receloso, que cuando las cosas van bien se mira el ombligo y cuando van mal culpa a un tercero, jamás a sí mismo. Un país en el que los momentos de cooperación, que siempre han dado lugar a etapas de esplendor, no han pasado de ser oasis en una historia plagada de enfrentamientos cainitas. La Constitución fue el mayor avance en la creación de un espacio común, pero han faltado símbolos que fortalecieran esa idea de integración. El nacionalismo español, tan excluyente como aquellos a los que se enfrenta, se apropió de la bandera y del himno, favorecido por una izquierda timorata que veía en ellos unas infundadas adherencias del franquismo, porque una y el otro son anteriores. Pedro Sánchez ha sobreactuado con la bandera, pero bueno sería que los símbolos se usaran con la normalidad de otros países y no con nuestra anormal beligerancia. Nos ahorraríamos enfrentamientos y quizás así nos preocuparíamos de lo que realmente importa.

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La anormal normalidad