Elecciones: aquí puede pasar de todo

Con las mayorías debilitadas y con los nuevos partidos en la puerta de los gobiernos municipales y autonómicos, la incertidumbre es máxima


Antes, esto era cosa de dos, PP y PSOE, más los pequeños. Pero con la llegada de Podemos pasó a ser cosa de tres y el resto más pequeños aún. Pero han sucedido dos cosas imprevistas: Albert Rivera desembarcó en España procedente de Barcelona y Pedro Sánchez se revolvió contra el cainismo de los suyos. El resultado ya se verá. Lo único que sabemos es que no sabemos nada. Aquí puede pasar cualquier cosa. Hay miedo y tiemblan hasta los que encabezan las encuestas, porque la incertidumbre es máxima.

El martes pasado, el Circulo de Bellas Artes en Madrid olía a transición. Rivera presentaba su programa con el catedrático de la London School of Economics Luis Garicano y con Manuel Conthe. Salón abarrotado, otra sala repleta y trescientas personas en la calle. Se acabó el famoso «tranquilos que no pasa nada» tan habitual entre los partidos grandes. Lo de Ciudadanos debe inquietar al PP desde el momento en que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría aprovechó su comparecencia tras el Consejo de Ministros para descalificar al economista Garicano «por haber pedido el rescate para España», algo que él niega, porque pidió «ayuda para resolver la crisis financiera, que es lo mismo que hizo el Gobierno de Rajoy y Europa concedió». Lo de Ciudadanos debe preocupar bastante porque TVE, que ahora ya no es del Estado sino del Gobierno, saca casi siempre a Albert Rivera hablando en catalán para debilitarlo en el resto de España. Burda manipulación, porque la gente sabe que Rivera, junto con la popular Alicia Sánchez-Camacho, es conocido por defender España en Cataluña. Le echaron valor en los momentos de asfixia soberanista.

Y después está la reacción de Pedro Sánchez ante el cainismo de su partido. Con todo diseñado para que el PSOE triunfara en Andalucía en marzo y fracasara en el resto de España en mayo, Sánchez se la jugó descabalgando a Tomás Gómez, aliado de Susana Díaz y Carme Chacón, para forzar la llegada del prestigiado Ángel Gabilondo como candidato. El resultado ya lo saben: lágrimas de apenas 24 horas por Gómez y júbilo en las agrupaciones castigadas por su látigo inflexible, como en Leganés ( 180.000 habitantes), donde derribó al alcalde -no afín- al precio de que el PSOE perdiera el ayuntamiento. «Tendrías que quitar a Tomás, aunque yo lo intenté y no pude», recomendaba Zapatero a Pedro Sánchez semanas antes de pasar a conspirar contra él, herido por la propuesta de limitar el articulo 135 de la Constitución que el expresidente reformó. La llegada de Gabilondo puede ser el revulsivo que necesitaban los socialistas en Madrid, sumado al apoyo de Felipe González a Pedro Sánchez que se escenificó en la reunión de los socialistas europeos en Madrid. Si con esto no remontan, o al menos resisten bien, que piensen en el concurso de acreedores políticos.

Con Gabilondo como candidato, el problema es ahora para Rajoy, que igual ya no presenta a Ignacio González, tan feliz frente a Tomás Gómez. El PP en Madrid ahora tiene dos nuevos problemas: el supuesto arrastre electoral del exministro de Educación y la emergencia de Ciudadanos. Mientras, Podemos empieza a sufrir turbulencias, porque las explicaciones del dinero de Monedero, su número tres, son cada vez más confusas y porque le crece la oposición entre los venezolanos residentes en España, organizados para explicar lo que se nos puede venir encima.

Cierto es que a los simpatizantes de Podemos eso tanto le da, como a buena parte de los votantes del PP les importa muy poco la corrupción de la trama Gürtel, tan poco como a los votantes andaluces la imputación de Chaves y Griñán y a muchos catalanes el bochornoso caso Pujol. Pero todo hace daño y la merma de votos es la que impide las cómodas mayorías de antes, donde se fraguaron tantas tropelías. Así que con las mayorías debilitadas y con los nuevos partidos en la puerta de los gobiernos municipales y autonómicos, la incertidumbre es máxima. Bienvenidos al gran año de las sorpresas electorales.

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