El primer mensaje de Nochebuena de Felipe VI trajo consigo también un nuevo escenario. Cambió el despacho desde el que se dirigía su padre a los españoles los últimos años por una sala de estar simulada, que se recreó en el palacio de la Zarzuela, donde compareció sentado en una butaca, con las piernas cruzadas, traje, camisa clara y corbata azul. Todo lo que se colocó en esa sala estaba estudiado. La cuidadosa puesta en escena provocó también una cierta artificiosidad. En una mesita, dos fotografías, una junto a doña Letizia, que reclina la cabeza en su hombro en un avión, en un viaje a América Latina; la otra, de la familia al completo, con sus dos hijas, tomada en las vacaciones de verano en Marivent. En la pared, un retrato de la reina hecho por un familiar a partir de una foto de ella cuando tenía 10 años. Solo transcurridos ocho minutos se abrió el plano y apareció en otra mesa una foto con su padre saludándolo el día de la abdicación, junto a un pequeño Belén. El rey, de acuerdo con sus asesores, con doña Letizia a la cabeza, quería dar una imagen directa, sencilla y clara. De hecho, apareció más cercano y natural que en otras ocasiones, gesticulando con las manos para reforzar sus afirmaciones. Un escenario austero y sencillo que restaba deliberadamente solemnidad a este tipo de mensajes.