Si las consecuencias no fueran tan serias, sería para reírse con Artur Mas de su astracanada. Un género tan castizo que es en sí mismo el mejor argumento contra la independencia. Mas se ha cargado de un plumazo el seny y la imagen de Cataluña con su filibustera propuesta para el 9-N, más propia de Tanganica, con mis disculpas para los tanzanos, que de una sociedad avanzada. El paripé de consulta es una ocurrencia que quedará para siempre en la historia de lo absurdo. En su desesperado intento de salvar la cara y burlar la ley no le importa sacrificar todas las garantías democráticas de algo que ni es consulta ni es nada. Solo un sucedáneo para esconder el fracaso del frente soberanista, su incapacidad para articular una respuesta común a una prohibición que estaba cantada desde el momento mismo en que anunciaron un referendo que sabían imposible. No es que unas elecciones plebiscitarias -otro engendro de este esperpéntico proceso- resuelvan nada, porque ningún país ni organización internacional les va a conceder valor alguno, es que si no las ha convocado ya es porque Convergència y ERC, actores principales de este sainete, son incapaces de ponerse de acuerdo en cómo plantearlas y concurrir a ellas. Y, en cambio, quieren construir un país. ¿De verdad? ¡Por favor! En realidad, este disparate es el primer acto de una campaña electoral en la que CDC y Esquerra se disputarán la primacía del sector nacionalista. Y en esa guerra particular no han tenido reparo alguno en convertir Cataluña en campo de batalla. Eso es lo que les importan los catalanes. Porque serán ellos las principales, que no únicas, víctimas de este delirio de necios.