El pueblo, y los consultados por Sondaxe son parte del pueblo, siempre es soberano, pero no encuentra su soberanía por ningún lado. Apenas se le tiene en cuenta en la toma de decisiones y comprueba pasmado cómo las promesas se convierten en humo. Aún así, pero cada vez en proporción menor, sigue confiando en las instituciones, ejerciendo su derecho al voto, claro que con una mosca detrás de la oreja. Esa misma mosca revolotea sobre el plan del PP de que gobierne la lista más votada, pues aunque una abrumadora mayoría aprueba este modelo, a esa misma mayoría le desagrada que se pretenda introducir manu militari. Descontando que los pactos entre partidos son una expresión viva de la democracia, lo cierto es que la memoria juega en su contra: la experiencia de cómo en estas alianzas se preocupaban más de colocar a un asesor de tal o cual cuerda que de tapar un bache pesa como una losa. Lo hicieron fatal en O Hórreo y en la mayoría de las ciudades, y perdieron una oportunidad de oro de demostrar que lo que les importaba era el bien común. Pasaron a la historia con la fama de promover lo contrario de lo que la gente pide hoy a gritos: estabilidad. Para los encuestados un modelo electoral mejor es posible y, en efecto, puede discutirse si un señor que supera en 20 puntos a sus rivales debe acabar penando en la oposición. Aunque la aritmética democrática es aritmética, y tampoco gusta que el PP actúe como si la democracia fuera su coto privado. Les pasó con el aborto, les pasará con la reducción de diputados, y les puede pasar ahora, si se atreven. Sin buscar consensos en asuntos capitales la derecha puede morir de éxito. Y esta es otra conclusión entre líneas de la encuesta, que quienes tienen el mango de la sartén de la política, que ya casi ni es política ni nada, se han convertido por méritos propios en nuestros sospechosos habituales.