Como en el último mundial de fútbol, en España lo político y lo institucional se decide en las prórrogas. Vean si no: Rubalcaba dimitió en la prórroga de las elecciones europeas; don Juan Carlos abdicó en la prórroga de Rubalcaba, que dio tiempo a la coronación de Felipe VI; en la misma prolongación, Pedro Sánchez se hizo con el PSOE ganándole el partido al favorito Eduardo Madina; y en la prórroga de las investigaciones de la Agencia Tributaria, Jordi Pujol ha confesado -para exculpar a su hijos- que tenía muchos millones en el extranjero, lo que atribuye a una herencia de su padre y no al cobro de comisiones ilegales (el famoso 3 % al que aludió Pasqual Maragall en el Parlamento catalán). Todo en el límite del tiempo, creando emoción y sobresaltos, sin que se moviera nada durante el partido. Lo prueba el propio Pujol, que no encontró el momento de regularizar esa fortuna en los 34 años anteriores. Una parte de las redes sociales catalanas ironizan ya sobre el «España nos roba» y lanzan el hashtag «Pujol nos roba».

En la prórroga del congreso socialista de este fin de semana, esperaba Madina marcar algún tanto más para su gente, ya que Pedro Sánchez mantiene que este debe ser un cónclave de unidad. «Pero unidad no quiere decir que la ejecutiva refleje exactamente el 36 % del voto a Madina y el 16 de Pérez Tapia porque alguien es ya el secretario general y no se trata de tres candidatos que deban pactar», le han replicado los voceros de Sánchez.

Lo importante es saber si el PSOE saldrá a por todas después de este congreso, consciente de que acaso juegue su última oportunidad de mantenerse como partido de alternativa de gobierno. Si no es así, la fragmentación será difícil de gobernar. Ya lo advirtió Pablo Iglesias sin rodeos: «Hay que crecer y organizarse antes de que el PSOE se recupere». Y acaba de decidir que Podemos será un partido como los otros, solo que con más poder su líder, con toda probabilidad Iglesias, que es quien elegirá a los miembros de la dirección.

Hay prisa de unos y otros. Una encuesta que circulaba ayer en el congreso advierte de que, solo con el cambio de líder, el PSOE recupera doscientos mil votos de Podemos. Ahí está el juego: un reto de diez meses, hasta las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 2015. Tampoco a Pedro Sánchez se le concederá mucho más. Si su partido no remonta, es difícil que llegue a ser candidato a la presidencia del Gobierno. Vivimos en una sociedad en la que todo sucede rápido. Por eso, los que vivían instalados en el «aquí no pasa nada», o predicando la máxima de que «el tiempo todo lo arregla», han tenido que aprovechar los minutos de descuento para tomar decisiones eternamente aplazadas, léase Rubalcaba, don Juan Carlos o Jordi Pujol. Solo Rajoy parece no comprender el agotamiento del tiempo y deja pudrir asuntos tan delicados como el de Cataluña en la confianza de que algo o alguien lo arreglará. Observen sino a la todopoderosa vicepresidenta Sáenz de Santamaría, desconsiderando la tercera vía para una solución catalana, «porque no hay consenso para ello». O a la secretaria general del PP, Cospedal, blindándose con una nueva ley electoral para volver a ganar en Castilla-La Mancha, ley que el PSOE recurrirá ante el Constitucional.

Lo más importante del PSOE, una vez hallado, casi por milagro, un nuevo líder que dice tomar como referencias a Felipe González, Manuel Valls y Matteo Renzi, es si plantará cara electoral a Izquierda Unida y a Podemos, y si será capaz de recuperar votos de la abstención. «Pero habrá que estar cerca de la calle, porque esto es lo que hay,» sostiene María González, diputada por Murcia, repescada por Sánchez aunque apoyó a Madina. Con perdón de Madina y de Pérez Tapias, la partida ya se juega contra otros adversarios, por lo que hay que archivar discrepancias. Al menos por el momento.

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El PSOE se la juega en diez meses