Juan Carlos vence a Felipe en el corazón de las Ramblas, que suspende a Letizia
04 jun 2014 . Actualizado a las 10:27 h.-Demasiado Borbón. Felipe, digo.
-Sí, más campechano el padre, no tan serio.
-Pues a mí la que me cae bien es Sofía.
-Letizia, en cambio...
Es mediodía en el patio de la Universidad Pompeu Fabra. Elsa, Patricia e Isabel, las tres de Barcelona, le dan un buen repaso a la monarquía. No sale bien parada. La juventud catalana lo tiene clarísimo: «Es necesario renovarlo todo», apunta Patricia. Las tres coinciden en que «cumplió su función en el pasado, pero hoy no tiene sentido».
¿Es la república la solución? Las tres alumnas de Humanidades, muy bien informadas, por cierto, lo dudan: «¿Y pagarle además otro sueldo al presidente?». Directo a la mandíbula. Como Guillermo, otro estudiante que no duda en calificar la sucesión regia como «un lavado de imagen» mediante una persona «más joven y preparada», con el que PSOE y PP «intentan resistir» el castañazo de las europeas.
Para su compañera Adriana, «ninguna monarquía está legitimada» y la ciudadanía catalana no se va a descentrar con todo esto en «la consulta del 9 de noviembre», mientras María no tiene claro que el referendo se celebre finalmente: «No lo sé. Se intentará, pero creo que no se va a poder hacer bien; no lo permitirá el Gobierno central».
Misión casi imposible esta de conseguir testimonios proborbónicos entre los universitarios catalanes, así que probamos suerte en plenas Ramblas con otro grupo de edad. Aquí hay de todo.
Miguel Carrillo, que vende suvenires a los turistas, le echa una mano al juancarlismo: «Prefiero la monarquía a la república, y aunque aquí hay muchos que siguen erre que erre con el tema soberanista, creo que eso no ha influido en la decisión del rey».
Pero Carme, que pinta retratos en la calle, prefiere otro enfoque dinástico: «¡Espero que tenga más cabeza el hijo que el padre, hombre!», espeta sin compasión antes de añadir que le da un poco lo mismo el futuro del rey: «Ojalá a partir de ahora haya mejor comunicación con la gente, y él, si quiere, que se vaya a Botsuana y que haga lo que le dé la gana con su vida». Carme por su parte, se dedicará en cuerpo y alma «al Camino de Santiago». Va ahora, en unas semanas.
El 99 % de los transeúntes que bajan por las Ramblas en dirección al puerto son extranjeros. Difícil entablar conversación. Desconfían y hacen como que no oyen. Al final se para Krisy, holandesa. Lleva la monarquía metida en la sangre y, en contraposición a la idea dominante en el pueblo catalán, refleja una imagen inmaculada de Juan Carlos I. De hecho, le pregunto si hablamos de la misma persona.
No hay duda: «Es el que lideró la transición de la dictadura a la democracia en España, un hombre justo al que los españoles le debéis mucho». Pues tiene tela que vaya a ser una extranjera la principal defensora del soberano patrio. Pero así es. Al fondo pasa una señora, obviamente autóctona, que replica: «No sé qué será peor, pero de momento, ¡que no venga la república!».
Deja pocos caminos abiertos porque nada quiere agregar a su observación. Tampoco la japonesa que contempla la escena con sorpresa y una señera de plástico en la mano: «Entiendo, entiendo»; lo que quería decir «no entiendo, no entiendo». Susana y Toni, lugareños, estos sí, sacan una escúter de la acera. «Estaba al caer la abdicación -proclaman-. Soberanismo y salud del rey son caminos diferentes».