El triunfo de la obsesión de dejar la UE

Gabriel Fraga LONDRES / E. LA VOZ

ESPAÑA

¿Quién está realmente al mando de este país?, se preguntan en el cartel electoral los euroescépticos al mando de Farage.
¿Quién está realmente al mando de este país?, se preguntan en el cartel electoral los euroescépticos al mando de Farage. LUKE MACGREGOR < / span>REUTERS< / span>

El UKIP se perfila con ganador en las europeas, lo que dejaría en ridículo a los tres grandes partidos

20 may 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

«El 22 de mayo podría ser el día en que el dique reviente ante la complaciente élite política», vaticinaba el líder del Partido de Independencia del Reino Unido (UKIP), Nigel Farage, en el verano del 2013. Casi un año después, parece que se cumple la profecía, ya que las últimas encuestas predicen una victoria de los ultranacionalistas y antieuropeos. Un resultado que, de confirmarse, pondría la relación Bruselas-Londres en punto de ebullición.

La campaña electoral del UKIP está exenta de pelos en la lengua. El eslogan, que ha dado la vuelta al país, está escrito con una daga bien afilada: «26 millones de europeos buscan empleo. ¿Sabes el trabajo de quién están buscando?». Farage y lo suyos están desafiando las leyes de lo políticamente correcto. Apuntan a Europa como el gran problema de los males británicos y aseguran que la solución es tan simple como abandonar Bruselas y vivir el mundo a su manera. Lo más preocupante es que su modelo, el de tirar pelotas fuera y culpar al de fuera, parece estar surtiendo efecto.

La encuesta en cuestión sitúa al UKIP a la cabeza con un 31 % de los votos, seguidos por laboristas (25 %), conservadores (21 %) y liberales (9 %). Los liberaldemócratas, que actualmente gobiernan en coalición con los conservadores, son tristemente los más proeuropeos del espectro político británico.

El alza del partido de Farage se debe principalmente a dos factores. El primero es el descontento político general y el segundo, la impresión de que la Unión Europea es un proyecto a la deriva.

Pese a que los periódicos financieros con más peso, principalmente el Financial Times y el The Economist, recuerdan a diario que el éxito económico de Londres y el Reino Unido se debe esencialmente a los inmigrantes, tanto conservadores como laboristas han tomado también una postura exageradamente agresiva contra los extranjeros.

El primer ministro David Cameron -dicen que motivado por el empuje del UKIP- prometió el pasado año un referendo sobre la permanencia en la UE si el pueblo le reelige en el 2015. Además, una de las promesas centrales de su Gobierno fue reducir la inmigración neta anual por debajo de las 100.000 personas. Algo impensable debido principalmente a la oleada migratoria proveniente del sur de Europa.

Solo en el año 2013, los italianos registrados en la seguridad social británica aumentaron un 66 %, los portugueses un 47 % y españoles un 36 %. España es el país mediterráneo con mayor representación en la isla y oficialmente hay afincados 52.000 trabajadores españoles. De esos 26 millones de parados europeos a los que aluden los carteles del UKIP, el 23 % son de España.

El UKIP ha sabido utilizar la crisis a su favor. Según el instituto nacional de estadística, la UE cuesta casi 70 millones de euros al día a los contribuyentes británicos. Farage ha sido el primero en utilizar esta cifra para echarse al pueblo a sus espaldas y acusar a conservadores, laboristas y liberaldemócratas de haber hipotecado al país ante Europa.

«¿Quién está realmente al mando de este país?», reza un cartel del UKIP en el que una bandera británica agujereada deja entrever los colores de la UE. «Nigel Farage devolverá la voz a Gran Bretaña», dice otro en el que los líderes de los demás partidos aparecen amordazados por un paño azul con las doce estrellas amarillas de Bruselas.

Cameron lleva años tratando a Farage y a los suyos de lunáticos, pero los ultranacionalistas han cobrado tal popularidad que a estas alturas se han convertido en su peor pesadilla. De hecho, casi la mitad de los actuales votantes del UKIP eran antiguos simpatizantes de los tories.

La etiqueta racista

De la única etiqueta de la que huye el UKIP es la de ser considerado un partido racista. En esa convicción argumentó su rechazo a unirse a la alianza de la francesa Marine Le Pen y el holandés Geert Wilders. Las recurrentes acusaciones de racismo se intensificaron este fin de semana a raíz de que Farage declarara que la gente estaría preocupada si «un grupo de hombres rumanos se mudan» al lado de su casa, ya que muchos inmigrantes se ven «forzados a una vida de delincuencia».

Para calmar los ánimos a dos días de la cita del 22-M, el UKIP publicó ayer un anuncio a doble página en The Daily Telegraph negando ser racista, mientras Farage achacaba sus comentarios al cansancio y se retractaba diciendo que «la gran mayoría de los rumanos que vienen al Reino Unido desean mejorar su vida y serían buenos vecinos».

El alza del UKIP pone de manifiesto la antipatía hacia Gobierno y oposición, una enfermedad extendida por la mayoría de democracias occidentales. No obstante, lo más preocupante es contemplar como la crisis ha convertido a Nigel Farage en la esperanza política de uno de los países más importantes de Europa.