La vicepresidenta sale en Ourense en defensa de Cañete y apela a la responsabilidad para premiar a Rajoy, «o galego que evitou o rescate»
18 may 2014 . Actualizado a las 15:35 h.Cuando el canario enjaulado en la lectura del debate, ya a la mañana siguiente, se hizo potro salvaje en el salón de la entrevista, la cosa de los votos dejó de ascender el Tourmalet para rodar Mont Blanc abajo. Cañete, el PP, su campaña. Bum. De orto a ocaso sin mediodía. Preocupa en el Partido Popular, inquieta entre quienes mandan allí, el comentario machista del exministro. Y se nota, y se siente. Es uno de esos temores indisimulables, perceptible en una habitación a oscuras. Tal vez miedo a haber insuflado al PSOE oxígeno en la uvi de las encuestas, acaso pavor.
Por eso los de la gaviota han desviado su carrera hacia las urnas del 25-M, que en realidad era más una marcha silente. Ahora, como poco, ha tornado en trote. Toca golpear los cascos por doquier, hacer ruido de igualdad. Y, para ello, nadie mejor que ellas. Que ella, la vicepresidenta del Gobierno. Ayer, Soraya Sáenz de Santamaría, quien el día anterior había eludido destilar apoyo, salió con el alambique al rescate del hombre de los yogures que no caducan. Ocurrió en Ourense.
Soraya, metro y medio sin tacones, crece junto al atril del mitin. Como un perfume, en poco cabe mucho. No es esa chica envarada, sin emoción, a ratos sosa, del Consejo de Ministros, la del parte gubernamental de cada viernes, sino mujer que transmite y hasta despierta empatía entre la parroquia. La aplauden. Con los 30 grados del exterior, no hacía falta caldear el ambiente, pero la número dos de la Moncloa se afanó en subir la temperatura de un pabellón anexo al de Os Remedios. Llenó, tarea tan sencilla -mil personas de aforo- como compleja, pues terminó subiendo a las tablas apenas 20 minutos antes de que el Barça-Atleti arrancase en una España donde se cantan más goles que saetas en Sevilla por Semana Santa.
Como De Cospedal acababa de realizar en Barcelona, la segunda del Ejecutivo defendió el rol que, para su partido, ellas juegan en la sociedad: igual o superior al de ellos. «No nos pueden dar [los socialistas] lecciones de nada. En el PP, salvo que esté Mariano Rajoy, las mujeres cerramos los mítines», proclamó. No citó a Cañete, ni siquiera aludió a su patinazo. Sobraba la mención porque allí todos sabían de qué iba la película. Para cuando concluyó la atronadora ovación con que la habían correspondido, apostilló: «Cerramos los mítines y compartimos la política».
O galego Rajoy
La vicepresidenta viajó también a la comunidad con un guion adaptado a la plaza y el objetivo de apelar a la «responsabilidad» y el «sentido común» de unos gallegos que van sobrados de ambas virtudes. De ahí que el próximo domingo, pronosticó, seguramente sabrán premiar el hacer del paisano suyo que manda en Madrid. En ese afán de vender el producto, en el Día das Letras, incluso se atrevió con el idioma da terra. «Mariano Rajoy, o galego que evitou o rescate», definió a su jefe. Con ese guiño arregló, al menos a ojos del auditorio, la patada que, en el arranque, había propinado a la toponimia oficial: «Buenas tardes, "Orense"».
Por lo demás, una tapa de lo común y doble ración de lo de siempre, sin postre: España va tan bien que ya se ha convertido en «la locomotora de Europa», ojo con votar a los que hundieron el país y dejaron el marrón a los siguientes, lo estamos haciendo fenómeno, somos los serios... De los coros se encargaron, entre otros, un Feijoo vehemente y José Manuel Baltar, todo bravura, un derroche de ourensanía. El presidente de la Xunta pidió a los suyos «intelixencia», amén de un «último esforzo» para movilizar a los fieles esta vez indecisos o desmotivados. Anhela una victoria «contundente».