El que manda

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

Rajoy empieza a gustarse. Está pasando sus mejores momentos desde que llegó al poder y se le nota. Ejerce sin complejos, seguro de sí mismo y creando estilo. Se está convirtiendo en el mago del suspense, émulo de Hitchcock. No es que dude, como creemos el común de los mortales, es una estrategia para generar tensión. Muestra el caramelo, pero no lo abre, dejándonos con las ganas de catarlo y salibando. Dosifica la información y se hace el despistado, no porque no sepa, sino para incrementar la expectación, disparar la ansiedad. Y cuando esta está a punto de estallar... entonces llega él, Rajoy, el circunspecto, y nos calma. Y le agradecemos que nos sacie el apetito con unas cuantas obviedades que ya sabíamos pero que, llevados a ese estado de necesidad, nos reconfortan. Ha ocurrido con el debate soberanista del martes y con el candidato a las europeas. Nada nuevo, nada que no supiéramos ya hace tres meses, pero durante este tiempo no hemos hecho otra cosa que hablar de lo que él quería con la expectativa de una novedad que no existía. Somos como el perro de Pavlov, y Rajoy, el genio que nos hace mover el rabo. A fin de cuentas, el importante es él, no el candidato. Abre la puerta a un cambio en el Gobierno, que probablemente sea mínimo. Pero esto tampoco importa, porque al final es un mero equipo de fieles al líder. Desde que rompió amarras con el aznarismo, Rajoy navega solo. Y manda solo. Porque es el que más manda. Y le gusta que se note.