¡Con lo bien que nos vendría ahora un Suárez!


En esta España de agravios comparativos, de crisis económica y de necesarias reformas estructurales, que no llegan porque se sustituyen por recortes, ¡qué bien nos vendría contar con un Adolfo Suárez para salir del atolladero! Decir Suárez es decir diálogo permanente hasta la solución, búsqueda permanente de consenso sin imposiciones y también valentía para tomar decisiones. Con los riesgos que sean necesarios. Poco de esto ofrece hoy el panorama español, por desgracia. Nadie tiene la varita mágica para solucionar problemas, es verdad, e incluso podría decirse que alguno de los actuales -como el contencioso inacabable con Cataluña- procede de los tiempos en los que Suárez gobernaba con aquel desafortunado «café con leche para todos». «No había otro remedio que hacerlo así», nos confió una vez el presidente. Probablemente sea cierto, pero aquello se convirtió en un germen de problema que estalló décadas después.

Con todo, la labor de Suárez, globalmente considerada, fue extraordinariamente positiva, por no decir sencillamente admirable. De su obra quedan los pasajes esenciales en lo político -hizo posible, con tantos otros, una transición desde la dictadura a la democracia sin revolución ni golpe de Estado-, pero desde el punto de vista humano su capacidad de diálogo y de generar empatía y confianza no ha tenido reedición calcada. De algún modo, aunque no le guste admitirlo, el más suarista de los políticos españoles posteriores en el poder fue Felipe González y no alguien de UCD, una jaula de grillos que incluía personajes con auténtica vocación demoledora. «En realidad yo he sido el primer presidente de un Gobierno de coalición en España -nos confesó años después-, porque nadie ha tenido un Gabinete supuestamente monocolor con democristianos, liberales, socialdemócratas, exfalangistas e independientes». No le faltaba razón. Si acaso, como amablemente discrepa Rodolfo Martín Villa, podría decirse que «para la transición, Suárez fue providencial pero para gobernar en democracia acaso ya no era el más apropiado». Sobre todo para gobernar su partido, tarea que bien poco le interesó.

Lo grave para la política actual es que aquellos valores de la transición apenas hay quien los defienda y menos quien los practique. Suárez fue excepcional, pero también el rey, y todo aquel grupo de políticos irrepetibles que coincidieron en aquel desafío histórico. Porque Carrillo, González y Fraga metieron miles, o mejor millones, de ciudadanos en la Constitución por la izquierda y por la derecha mientras Jordi Pujol los aportaba desde el nacionalismo. Y cuando se miraba atrás a su línea de colaboradores se encontraban personajes excepcionales: Abril Martorell, Gutiérrez Mellado, Martín Villa, Alfonso Guerra, Jordi Solé Tura, Roca Junyent y unos pocos más. Suárez fue el piloto de la transición, pero el rey y la oposición democrática, su motor.

Hoy en España cuesta tomar decisiones y, cuando se hace, en pocas ocasiones se basan en un diálogo previo, ni se sustentan en consenso alguno. Siempre está la excusa de una elección próxima o una coyuntura que impide el diálogo. Pero sobre todo, en aquellos años en que Suárez gobernó, la corrupción se asociaba al régimen franquista y no a la naciente democracia. El propio Suárez, o Fraga, entre muchos otros, dieron ejemplo de honestidad. El expresidente perdió su casa de Ávila porque una entidad bancaria ejecutó la hipoteca. Se gastó el dinero en llevar a Pamplona, a Houston o al fin del mundo, a su mujer Amparo y a su hija Mariam para tratar de salvarlas, lo que no consiguió. En aquel calvario y en el sufrimiento del día a día de un proceso amenazado por terroristas y golpistas, incubó los males que acabaron con él. «No da patrones radiológicos de alzhéimer -nos dijo su hermano Hipólito- sino que pueden ser microinfartos cerebrales». Tanto da. Se desgastó en su tarea de democratizar España y este país le debe el reconocimiento que siempre le negó.

crónica política

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