Mirando a los ojos de la gente

ESPAÑA

En la frontera

«No mires a los ojos de la gente, siempre mienten». Los hados se llevaron ayer a Germán Coppini, que nos ha legado dos sentencias que definen la presente etapa histórica mejor aún que aquella en la que fueron ideadas. Porque sí, son malos tiempos, muy malos, como el propio rey reconoció en su tradicional discurso navideño. Tradicional, que no rutinario. Porque don Juan Carlos no eludió ninguno de los asuntos que indignan tanto como preocupan a los españoles. Y lo hizo afrontando la cruda realidad con algo más de conciencia y perspectiva de la que parecen tener tantos políticos cegados por el interés partidario y el cortoplacismo.

Sí, son malos tiempos, para la lírica y para todos los españoles. Y seguirán siéndolo, sí, mientras no haya oportunidades de trabajo para todos. Porque por mucho que Rajoy y sus ministros se amparen en cuatro cifras macroeconómicas para aventurar la luz al final del túnel, la crisis persistirá mientras la inmensa mayoría de los españoles sigan empobrecidos y sin más expectativas de futuro que el abismo. Diga lo que diga el Gobierno. Y sí, el grave problema catalán requiere respeto a las reglas, pero ciertamente también un contrato de convivencia nuevo. Ni el bandolerismo de unos ni el cerril inmovilismo de otros, como quedó nuevamente de manifiesto en las reacciones de ayer.

Y reconforta que alguien mire a los ojos de la gente para descubrir sus inquietudes, como ese grito por la regeneración ética de la vida política, económica y social que atruena en España desde hace tiempo. Pero también hay que mirar a los ojos a la gente para demostrar que no se miente. No basta un bonito discurso si este no se corresponde con la realidad. La ejemplaridad no se declara, se demuestra con hechos. Y por ahí aparecen las goteras. Porque la transparencia en la Zarzuela dista mucho de lo exigido, porque le faltó audacia para disipar las sombras de complacencia con su yerno, y porque cada obstáculo, provenga de donde provenga, en la investigación del juez Castro es un clavo más en el sarcófago de su credibilidad. Su reto es demostrar que la gente no siempre miente.