Demoledores. Sí, los datos de la encuesta realizada por Sondaxe sobre la credibilidad social de Bárcenas ponen los pelos como escarpias. Escandalizan, pero, ¡ay!, no llaman, por desgracia, la atención. Veamos.
En Galicia el crédito del extesorero Luis Bárcenas -un presunto delincuente encarcelado y acusado de gravísimos delitos- es altísimo (un 69 % de los encuestados otorgan mucha o bastante credibilidad a sus acusaciones, frente a un magro 21 % que le dan poca o ninguna), datos esos que no varían, sustancialmente, ni por provincias (salvo en la de Ourense, donde aquel crédito inflexiona a la baja), ni por sexo, ni por tramos de edad (salvo en el de 55 años y más, en que también desciende) ni por hábitat de residencia.
De hecho, y como era de esperar, la única variable relevante son las simpatías de partido: los votantes del PP conceden menos crédito a Bárcenas que los del PSOE, AGE y BNG, quienes realizan un juicio bastante similar. Pero, aun así, lo significativo es que, incluso entre los que recuerdan haber votado al PP, el 52 % creen a Bárcenas, frente a un 37 % que no lo hace.
En plena coherencia con esos datos, uno de cada tres entrevistados gallegos estima que el presidente Mariano Rajoy debe dimitir (más de la mitad entre los que votan PSOE, AGE y BNG), frente a un 43 % que opina que Rajoy debe demostrar la falsedad de las acusaciones formuladas contra él y su partido. Además, la inmensa mayoría -con independencia de provincia, sexo, hábitat e incluso de partido- considera que las explicaciones del Gobierno sobre el caso han sido insuficientes.
Aunque los ciudadanos más sectarios pensarán, quizá, que la alta credibilidad de Bárcenas es prueba de lo sinvergüenzas que son los dirigentes del PP, lo cierto es que las cosas funcionan de otro modo. En realidad, lo que sucede es que la confianza en los partidos -en todos, pero sobre todo en los dos grandes- está bajo mínimos, y eso es lo que explica que la gente dé, por sistema, más credibilidad a un presunto delincuente que al presidente del Gobierno. La razón de que ello sea así la explicaba ya con claridad en el siglo XVIII el gran ensayista Samuel Johnson: «Nuestro ánimo se inclina a confiar en aquellos a quienes no conocemos por esta razón: porque todavía no nos han engañado». Pero a los partidos, claro está, los conocemos.