En el camarote de los hermanos Marx

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

ESPAÑA

La pregunta sobre cuánto deben ganar nuestros políticos solo puede contestarse razonablemente de un modo que, ¡ay!, no constituye una respuesta: pues depende. En efecto, los sueldos de los políticos, de tal forma que los de los demás mortales, deberían ponerse esencialmente en relación con su dedicación y la importancia de su cargo, de modo que, a más dedicación y más importancia más parné, y menos a medida que una y otra disminuyen.

Sin embargo, y como todo el mundo sabe, las cosas no funcionan en España de ese modo, sino que, muy por el contrario, se dan en nuestro país desconcertantes paradojas: por ejemplo, que el presidente de la Generalitat de Cataluña gane el doble que el presidente del Gobierno y que muchos alcaldes de pequeños municipios se metan cada mes en el bolsillo tanto o más que los de algunos que los multiplican varias veces en tamaño y población.

En realidad rige en nuestra democracia una forma peculiar de marxismo salarial, que no es, desde luego, el de Karl Marx (a cada cual según su necesidad y de cada cual según su capacidad), sino el que practicaron, en su camarote celebérrimo, los hermanos que comparten apellido con el gran filósofo alemán.

Aquí, todo el que se dedica a la política cree que entrar en ella es como hacerlo a bulto en una algarabía donde cada uno (o cada institución) puede ponerse a su gusto la paguiña que le plazca. Y es que muchos políticos creen sobre su oficio lo que Groucho Marx sobre la posibilidad de hacerse la manicura en su multitudinario camarote: que no debe uno privarse de ninguna comodidad. Y, por si ello no fuera suficiente, siempre cabe tirar por la calle de en medio y llevarse, además, dos huevos duros. O veintidós. O veintidós? millones.