El presidente probó ayer la primera dosis de la medicina que tendrá que digerir durante mucho tiempo. Porque allá donde vaya se le pedirán una y otra vez las explicaciones que se empeña en no dar. En España podrá seguir eludiendo a la prensa, como es su costumbre, pero cada vez que salga al extranjero, donde la rendición de cuentas públicas es una exigencia que se considera consustancial a la democracia, será sometido a un tercer grado. Lo pasará mal él y lo pasará mal el país. Porque cualquier otro asunto, por importante que sea, como el paquete de estímulo económico que anunció ayer, quedará enterrado bajo la polémica del escándalo. Le sucedió tras el encuentro con Merkel y se repetirá en el futuro. Y no solo eso. Al final, lo que trascienda en las informaciones de la prensa internacional será la corrupción. Flaco favor le hace a España su presidente, atrapado en una tela de araña que ya nadie controla.
Salvo que Rajoy piense que en esa especie de conjura general contra él y su partido de la que se siente víctima participan también los periodistas de medios extranjeros. La reacción del PP anunciando querellas contra todos, sin especificar a ninguno (léase Luis Bárcenas), suena a rabieta del matón de barrio que amenaza a todo lo que se mueve porque las cosas no salen o son como quisiera. ¿De verdad cree la cúpula popular que hay una confabulación universal contra ellos? La prensa se limita a cumplir su función, que es la de informar a los ciudadanos sobre unos documentos revelados de los que se derivan unas sospechas que, de no aclararse, serían la carcoma de las instituciones democráticas. Sabe bien que la raíz de su preocupación tiene nombre y apellido, aunque se niegue a pronunciarlo. Pero el no mentar a la bicha no le va a solucionar el problema. Intentar amedrentar a todos, tampoco.