Parecen haberse dado cuenta de repente de que el elevadísimo porcentaje de trabajadores de la Diputación afiliados al PP o familiares de militantes resulta sospechoso
07 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Si no fuera por el ejercicio de cinismo que conlleva, la forma en la que la Justicia y la prensa nacional tratan de pronto las andanzas de José Luis Baltar Pumar en la Diputación de Ourense produciría risa. Hay noticias frescas, al parecer, que consisten en que Baltar enchufaba a gente en el organismo supramunicipal. Algo que recuerda esa escena de Casablanca en la que el capitán Renault, obligado por el mayor Strasser, le cierra el local a Rick. Y, cuando este le pregunta con qué derecho clausura su garito, Renault contesta: «¡Qué escándalo! ¡qué escándalo! He descubierto que aquí se juega», al tiempo que el crupier le entrega un fajo de billetes diciendo: «Sus ganancias, señor».
De golpe, todo el mundo, incluido el fiscal, parece haberse dado cuenta de que el elevadísimo porcentaje de trabajadores de la Diputación de Ourense que son afiliados al PP o parientes de militantes populares resulta sospechoso. Puede decirlo ahora el fiscal o el sursuncorda, pero todo el que no quiso mirar a otro lado sabía que la Diputación ourensana, en la que trabaja tanta gente que llegó a ser considerada como uno de los mayores centros de contratación de la provincia, era un nido de corruptelas y amiguismo en el que ni siquiera se disimulaba.
Presumiendo de sus poderes
Esta es una de las claves. No es que Baltar no encubriera sus prácticas, sino que presumía públicamente de ellas. Y no solo sacaba pecho ante los suyos de su capacidad de ofrecer puestos trabajo, sino ante cualquiera que quisiera escucharlo, incluidos Rajoy, Feijoo, la prensa y quien se le pusiera por delante. Ahora que se centra el foco en el período que media entre el último congreso provincial del partido que encumbró a su hijo José Manuel como líder del PP ourensano y el momento en el que el vástago heredó literalmente la presidencia de la Diputación, recuerdo haber entrevistado a Baltar en los dos momentos clave de ese proceso.
Días antes de aquel congreso, en enero del 2010, Baltar se plantó en el despacho de Rajoy en Madrid para advertirle del peligro que supondría para Feijoo que el candidato apoyado por el presidente de la Xunta, Juan Manuel Jiménez Morán, tratara de airear sus trapos sucios para perjudicar a su hijo. Lejos de esconderse ante tan delicada misión, Baltar se dejó ver y me dio todo tipo de explicaciones sobre lo que había venido a hacer.
Favorecer a su hijo
Y lo mismo hizo el 25 de enero del 2012, un día después de anunciar su dimisión. Se le acusaba entonces de estar presionando y vendiendo favores para que su hijo heredara la Diputación. Una vez más, Baltar no se escondió y me aseguró en Madrid que estaba haciendo lo que haría cualquier padre: favorecer a su hijo en todo lo que podía.
Lo que cabe preguntarse es por qué la Justicia y los rivales políticos, dentro y fuera del PP, han esperado 25 años para airear lo evidente.