La gran inocentada del presidente

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

Rajoy acostumbra a decir que ante todo le gusta ser previsible. Toda una declaración de principios. Conservadores, por supuesto. Y en cierto sentido con ello explica cuanto ha hecho en este año, que se corresponde al milímetro con el guion de una política ordoliberal. Pero que casa mal, muy mal, con todo cuanto había dicho que iba a hacer. Seguir recurriendo a estas alturas a la excusa de la herencia ya no es de recibo, por ser suaves. Es cierto que la situación de las cuentas públicas era peor de lo anticipado por el Gobierno Zapatero. Pero ni el PP era completamente ajeno a la desviación, ni el único problema era el déficit público ni las medidas necesarias para corregirlo eran inevitablemente las que ha aprobado el Ejecutivo de Rajoy.

Quizás pueda justificar con la herencia la intensidad de los recortes, pero no su orientación. Los procesos privatizadores, más o menos encubiertos, en la sanidad, la educación y la justicia no se explican ni por la situación de las cuentas públicas ni por una supuesta mayor eficiencia, nunca demostrada, de la gestión privada. La desregulación laboral, la pérdida de derechos, el empobrecimiento de la población, el incremento de las desigualdades, el deterioro de servicios públicos esenciales, la pérdida de expectativas y, como consecuencia de todo ello, el desánimo general no son ni un virus pasajero ni un viacrucis inevitable ni, por supuesto, un castigo divino. Son las consecuencias de decisiones políticas concretas, tomadas por un Gobierno específico y que concuerdan con un determinado ideario que quizás el entonces candidato prefirió esconder en su programa electoral para no ahuyentar a una parte de sus votantes.

En todo caso, Rajoy sería un iluso si espera comprensión de unos ciudadanos que perciben que cada día viven peor que el anterior, pero que el siguiente aún será peor. El miedo al futuro se ha instalado en la sociedad y el jefe del Gobierno no hizo ayer nada por disiparlo. Al contrario, lo azuzó más al pronosticar un semestre negro. No se trata de dibujar paisajes idílicos que nadie se cree, pero tampoco de remarcar las sombras para cubrirse las espaldas. Su obligación es ofrecer soluciones a los problemas y abrir vías alternativas para salir cuanto antes del barranco. Pero de eso nada hubo. En realidad, toda la intervención del presidente fue como una gran inocentada.