Entre las cosas fáciles y muy rentables que puede hacer Mariano Rajoy está la de que España vuelva a la hora de Greenwich, de la que nos sacó Franco en 1942 para demostrar a Hitler, en plena II Guerra Mundial, el supuesto aprecio del pueblo español hacia el alemán. Con un decreto ley, el Generalísimo igualó el horario oficial español con Berlín, corazón de la Alemania nazi, abandonando así la hora de los aliados y de la pérfida Albión que habíamos adoptado en 1884, año en el que una conferencia internacional acordó que el meridiano de Greenwich, que pasa por Castellón, fuese el de referencia para establecer el día universal. Desde entonces, nuestra hora peninsular es una más que la solar, que la de Londres, Lisboa y Rabat, impidiendo también el mismo huso horario en toda la península ibérica.
Según los expertos, empezando por esa reencarnación de don Quijote y prototipo de caballero español que es el catalán Ignacio Buqueras y Bach, presidente de la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles, y siguiendo por los principales empresarios del Ibex 35, si España volviese a retrasar su reloj para igualarlo con Greenwich ganaríamos competitividad, conciliación familiar y sueño.
El 31 de marzo del 2013, el Gobierno debería aprobar un real decreto que igualase la hora oficial peninsular con la de Greenwich y, en consecuencia, en lugar de adelantar ese día el reloj de las 2 a las 3, dejarlo como está. Y como el hombre es tiempo, repartiríamos mejor las 24 horas del día en las habituales tres franjas de ocho (sueño, trabajo y conciliación/ocio), aumentando de esta manera nuestra productividad un 19 %, según esos estudiosos, y racionalizando los horarios, que falta hace.
Para facilitar esta decisión, RTVE, que felizmente no tiene ya la dependencia económica de la publicidad para elaborar sus parrillas de programación, debería adelantar el Telediario de las 21 horas a las 20 en un plazo de dos años, acabando el prime time a las once de la noche. Esta decisión, sin coste económico y con notable ahorro de parrilla, arrastraría a las televisiones privadas, que sí tienen servidumbres publicitarias, a la misma decisión.
¿Por qué cuesta tanto tomar decisiones fáciles y beneficiosas para todos? ¡Ánimo, Rajoy!, los españoles tenemos que dejar de comer cuando los demás europeos trabajan, y viceversa.