Cataluña tiene un problema con Europa


La exministra Rosa Conde narra que, en su lecho de muerte, Francisco Fernández Ordóñez repetía a quienes acudían a despedirse de él: «Sobre todo, cuidad lo de Cataluña porque ese, y no el País Vasco, es el verdadero problema en España». A falta de saber cómo evoluciona lo de Euskadi, donde se espera una victoria electoral de los independentistas de Bildu más los soberanistas del PNV, no le faltaba razón.

La manifestación de la Diada en Barcelona fue impactante, pero menos que la declaración del presidente Artur Mas al día siguiente. Ese discurso, en el que reclama estructuras de Estado para Cataluña, marca el salto cualitativo del nacionalismo catalán hacia la ruptura; más aún que la manifestación, sin duda muy importante, en la que confluían en realidad varias: una independentista, otra catalanista sin voluntad de ruptura decidida y una tercera de simple malestar social muy bien activada desde las redes sociales. Pero los convocantes supieron capitalizarla tras una misma una pancarta: «Cataluña, nuevo estado de Europa». Puede ser.

Pero más improbable parece una «Cataluña, nuevo estado de la Unión Europea». No es lo mismo. Salvo operaciones de ingeniería político-constitucional hasta ahora desconocidas, romper con España significa salir de la Unión Europea automáticamente para después, si se desea, iniciar los trámites de adhesión. Ahí hay un problema que se silencia: el obstáculo no será solo el veto de España, sino el de Italia, Francia y otros países que temen que en sus territorios -la Padania, Córcega o demás regiones- se intenten salidas similares. Un indicio muy importante: es cierto que el Gobierno de Rajoy hizo el vacío y no envió a ningún representante a la conferencia de Artur Mas en Madrid esta semana, a diferencia de la Casa Real. Pero allí suelen acudir, en ocasiones relevantes, los principales embajadores de la UE y no había ninguno. De hecho, en septiembre del año pasado, como confirma la delegación de la Generalitat en Madrid, ya no asistieron a la convocatoria de Mas en la Residencia de Estudiantes los embajadores de Francia, Alemania, Italia y Gran Bretaña, entre otros. Es bueno tener todos los datos.

Gorbachov hace unos años en Barcelona, en un diálogo, que tuvimos la fortuna de presenciar, con Helmut Kohl y Jordi Pujol, estimaba que «si Cataluña o el País Vasco se independizaran, comenzaría en Europa y en el mundo un proceso de secesión que llevaría a Naciones Unidas a pasar de 200 a 400 estados». «Sería ingobernable,» concluía el expresidente ruso. El horizonte no es tan sencillo como lo ha dibujado Mas. Al contrario: hablar solo de sentimientos y no de realidades adversas y problemas que la expresión de esos sentimientos conlleva, puede conducir a una gran frustración, sobre todo de los más ingenuos. Joaquim Gay, presidente de la CEOE catalana, dice que «detecta elementos de riesgo en Cataluña que crean incertidumbre y preocupación». El Círculo de Economía que preside el exministro Josep Piqué no se ha pronunciado aún, pero algunos de sus directivos viven este proceso con gran inquietud, según confiesan. Tan cierto es que un sector del empresariado catalán simpatiza con la deriva soberanista, véase si no su reflejo en La Vanguardia, como que otro núcleo se muestra muy alarmado.

Con todo, las cosas no van a acelerarse. Hay demasiados elementos en juego. El Gobierno de Rajoy ha decidido enfriar la tensión. Sabia decisión alejada del aznarismo militante, partidario del arco voltaico. «La única posibilidad de convivencia -estima el historiador y rector Roberto Fernández- es que unos acepten España y otros acepten las Españas». Hay trabajo para todos.

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