Autismo y peor comunicación

Rajoy, solo, con su partido, tiene más dificil salir de la situación en la que se encuentra el país


La responsabilidad de gobernar esta dramática situación es tremenda. A Mariano Rajoy le ha tocado uno de los períodos mas complejos de la historia reciente. Desde los momentos más delicados de la transición no se recuerdan pasajes tan difíciles. No es que no pueda gobernar la abundancia y ni siquiera que le corresponda la época de vacas flacas. Es tiempo de vacas desfallecidas, con pronostico reservado e incertidumbre sobre su recuperación en años. Todo nuestro respeto ante su desafío.

Pero desde esa posición prudente, una observación: solo, con su partido, es más difícil salir que liderando el consenso hacia los sacrificios de una parte de la sociedad española, que vaya mas allá de las fronteras de militancia y de voto del Partido Popular. No parece que discurran las cosas por ese camino. La soledad del PP en el voto de la convalidación de los decretos de las reformas es alarmante. Parlamentariamente, un paseo, pero socialmente, una seria advertencia.

Cierto que el presidente, acuciado por Europa, tiene escaso o nulo margen de maniobra para pactar con otras fuerzas políticas, o para responder a la presión de la calle. Pero los gestos, aun cuando el margen sea inexistente, sirven al menos para comunicar una disposición, una intención, un talante. Nada en el horizonte. Ni entendimiento con los socialistas, todavía la segunda fuerza, ni con el centroderecha nacionalista de catalanes y vascos. Solo consiguió la abstención de un diputado navarro de UPN que, si acaso, subraya todavía mas el aislamiento.

Rajoy habla poco

Y al drama económico de fondo, a la soledad política y a la cerrazón a cualquier dialogo, hay que añadir la desastrosa comunicación. Es dudoso que intencionadamente pudiera hacerse peor. El presidente habla poco y aparece solo ocasionalmente cuando el liderazgo, en especial ahora, requiere comunicación eficaz. Salvo los viernes, cuando comparece la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la portavocía de la crisis ha recaído en los ministros Luis de Guindos y Cristóbal Montoro, habitualmente negativo el primero y entusiasmado en su desatino el segundo.

El miércoles, con unas declaraciones sobre la dificultad para pagar la nómina de los funcionarios sino se recaudaba más, disparó la prima de riesgo. El jueves, volvió a lo mismo. Los mercados, seguramente felices, aprovecharon sus palabras en el Congreso para apretar las tuercas de nuevo. El viernes, la espiral fue de crisis cardíaca.

Comunicar ha sido la cruz de casi todos los gobiernos de cualquier partido en este país, fiel reflejo de la escasa consideración nacional hacia esa materia fundamental. Zapatero, en el penúltimo tramo de su mandato, llegó a sumar tres portavoces ineficaces en el Gobierno, el partido y el grupo parlamentario, a saber, De la Vega, Pajín y Alonso. Esta por ver si Rajoy ha acertado con los responsables económicos, De Guindos y Montoro. La opinión dominante en el empresariado y en ámbitos bancarios y de consultoría estratégica es que no eligió a los mejores disponibles. Quizás en lo económico haya que dar algún tiempo mas para opiniones rotundas, pero en el plano comunicativo ya sabemos de sus dislates.

Más casos

Pero no son los únicos. En la Generalitat, por ejemplo, se les corresponde. Por suerte, Duran Lleida muestra firmeza y cordura, pero Artur Mas es imprevisible y, sobre todo, su portavoz, Francesc Homs, que ha calificado de «macarra» a Montoro. Pidió excusas después, pero quizás fue peor porque declaró que decía «macarra» en sentido político, sin ánimo de ofender personalmente.

Son tiempos convulsos y comunicar una palabra de más, o de menos, es muy relevante. Por lo menos, la señora De Cospedal ha hablado «con respeto» de los manifestantes contra los recortes. En esta época en la que puede incendiarse la calle con una sola declaración, jugar con las palabras tiene alto riesgo. Mucha prudencia.

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