La conferencia política del PSOE no ha sido ni mucho menos el revulsivo que esperaban en Ferraz. Rubalcaba ha estado brillante, omnipresente y efectista. Pero no es fácil hacer creer en la victoria a un partido hundido en las encuestas y recién vapuleado. La depresión de muchos dirigentes autonómicos socialistas por la situación del partido y por los problemas para hacer a los suyos un hueco en las listas ha causado alarma en la dirección nacional, que ha tenido que salir a los pasillos a poner sonrisa forzada para contrarrestar el mal rollo. Tener que sacar al viejo roquero de Felipe González fuera de cartel para animar al personal fue el primer síntoma de que las cosas están todavía más difíciles de lo que parece.
Rubalcaba se ha ganado el aprecio y el respeto de todo el partido, más por los arrestos de asumir una tarea casi imposible que por sus propuestas. Pero lo que se palpa es que la crisis socialista se dirige cada día mas hacia una renovación traumática, al estilo de la que provocó el batacazo histórico de Almunia y que, según los sondeos, Rubalcaba lleva camino de superar. Si así fuera, el intento de hacer una voladura controlada del zapaterismo por parte de dos de sus principales valedores, Rubalcaba y Blanco, habría fracasado. Eso implicaría que el PSOE habría perdido más de un año y tendría que empezar desde cero para tratar de articular un proyecto alternativo.
En lo que afecta a las propuestas políticas, los tres días de debate no han aportado novedad. Subir los impuestos al tabaco y el alcohol no es precisamente renovar un discurso. Y el resto no ha pasado de tópicos como reformar la ley electoral o el Senado, asuntos que no están en manos del PSOE ni aunque ganara las elecciones, dado que requieren la conformidad del PP. También se ha confirmado que el PSOE va a meter a ETA en la campaña sin complejos.
La conferencia ha servido, eso sí, para enterrar a Zapatero y el zapaterismo, con escasa ceremonia y de una manera más bien fría. Que Rubalcaba reivindique «el cambio» y que el mayor aplauso que recibió en tres días llegara cuando puso en duda la política de contención del déficit con la que el todavía presidente se ha inmolado en el último año supuso la puntilla.