Es imposible destacar un atentado de ETA, porque la barbarie no tiene grados. Cada asesinato ha supuesto una pérdida irreparable y una dentellada al corazón de cada demócrata. Pero las circunstancias hicieron que la muerte de Miguel Ángel Blanco tuviera una impacto emocional brutal. Tanto que aún hoy, 14 años después, no nos lo hemos sacudido del todo. Porque durante 48 horas todos permanecimos bajo el chantaje asesino, y acabamos sufriendo y llorando con la familia. Nada nos devolverá a Miguel Ángel, pero su martirio sacudió las conciencias de los pusilánimes y envalentonó a los miedosos. Y aquella comunión de dignidad cambió la historia. Hoy, 14 años después, ETA está a un paso de la derrota final, aunque se niegue a admitirlo con su irritante retórica habitual en comunicados autocomplacientes como el de ayer. Pero aunque se resista, venceremos. Se lo debemos a Miguel Ángel y a las otras 828 personas que el terrorismo sacrificó.